COLUMNA
 

 

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Por Armando Alvarez Bravo
Los máximos de un maestro
 

Tener ochenta y nueve años. Ser presa de diversos impedimentos físicos. Son dos realidades que, para empezar, suponen no hacer nada y, me atrevo a agregar, no interesarse por nada que no sea el propio bienestar. Más si se tiene como fundamento una tan extensa como copiosa carrera artística internacional. Una obra de primer rango. Ese es el caso de uno de los maestros fundamentales de la escultura cubana del siglo veinte, donde ese género comienza su verdadera encarnación y trascendiéndola alcanza la universalidad a partir del marco hispanoamericano.
 

Todo lo anterior define, a estas alturas de su edad, al maestro Manuel Carbonell. ¿Quién es ese creador tan carente de ego, que diariamente se vuelca sobre los libros para seguir aprendiendo las lecciones de la historia del arte y depurando su oficio, verdaderamente insuperable? ¿Quién es ese artista de infinita y entrañable sencillez y rebosante de calor humano? ¿Cómo puede caracterizarse a un artista que a pesar de sus limitaciones físicas ha producido y produce un quehacer escultórico monumental aun convaleciente de una grave enfermedad?
 

Se pueden ofrecer múltiples respuestas a estas preguntas. Pienso que la más definitiva fue la que le dio a mi esposa Tania, cuando en una visita tras una enfermedad ella le preguntó cómo se sentía y si estaba descansando lo suficiente. Con esa su tenue voz, Carbonell le respondió que bien, gracias a Dios, y que ya estaba dibujando. Y agregó: “Yo quiero vivir mientras pueda crear algo, no sé hacer otra cosa. Cuando ya no pueda hacerlo, no me interesará seguir viviendo”. Esa respuesta, tan final como rebosante del latido que ha prevalecido en su fructífera existencia, que pasa por el golpe, a mitad de su vida, de volver a comenzar a partir de cero en el exilio, lo retrata de lleno. Tanto como la milenaria y exquisita urna cineraria griega que hace muchos años adquirió para guardar sus cenizas.   
 

Hace unos días, este maestro de maestros presentó, en una muestra por invitación, su producción más reciente. Las piezas con que deslumbró a los privilegiados invitados revelaban una plenitud que desde hace décadas es consubstancial a su escultura. En ellas, una serie de bronces y maquetas destinadas a ser fundidas, prevalecían varias firmas de estilo de su quehacer. En primer término, su capacidad de estilización de la figura humana y de exaltación desde la desnudez absoluta, primigenia, de la criatura como exponente máximo de la belleza. De igual suerte, del amor, de la pasión, de la maternidad, de la infinita capacidad del ser humano para encarnar la fuerza y la delicadeza del abandono, de la entrega y de la toma de posesión de la realidad en su inmediatez y su trascendencia. 
 

En la deslumbrante colección escultórica, y jamás el calificativo ha sido más preciso, se evidenciaba, más allá de las dimensiones de cada escultura, la inherente monumentalidad que irradia su quehacer. Una monumentalidad que, de manera singular, destila intimidad. Cualquier pieza del maestro Carbonell es una declaración y un testamento de su poética, centrada en la evidencia y el enigma de la condición humana.   
 

En y desde la confluencia de la anatomía y la forma llevadas a su absoluto en increíble estilización, enfrentamos lo arquetípico como una reafirmación de belleza, destino y posibilidad. En estas piezas de supremo acabado, fieles de manera ascendente a su rica trayectoria, el maestro Carbonell no sólo nos regala el fruto de su genio, sino también reafirma que el gran arte, el arte que prevalece, no conoce ni se supedita a modas efímeras. Ellas son una declaración del siempre de la esencia y encarnación de la creatividad que se ha decantado, decanta y prevalece a través de los siglos.    
 

Esta colección de esculturas, que no será la última, canta y celebra al hombre bueno, sencillo y dulce que a sus ochenta y nueve años sigue haciéndonos con su maestría  partícipes de la belleza que tanto falta a nuestro tiempo. Somos dichosos deudores de Manuel Carbonell y de su existencia consagrada a los máximos de la creación.   

  

 

 
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