Puedo considerarme un hombre privilegiado en lo que concierne al ámbito de la creación literaria y plástica. En lo que corresponde a este último campo, tuve el privilegio, en tiempos difíciles y en una larga época de ser una no persona en la Isla, de conocer, tratar y ver pintar o esculpir o hacer cerámica a figuras centrales de nuestras artes plásticas. No eran pocos entre ellos los que, como yo, se encontraban marginados, puestos en ese implacable plano de sombra que tanto se complace en prodigar el totalitarismo castrista a quienes se atreven no sólo a ser, sino a pensar. Vaya un caso como ejemplo mayor. El de un ya desaparecido y entrañable amigo Alfredo Lozano, figura clave de la escultura moderna en Cuba y del adentramiento de nuestra plástica en la sensibilidad y los retos de un nuevo siglo. Otra no persona por la soberana voluntad de los implacables policías culturales del régimen.
Al recordar aquellos tiempos funestos cuyo fin no acabamos de ver, no puedo dejar de pensar que uno de los males que generó y dilata esa legión de cuatreros y asesinos es, a la par de la redacción de la historia a sus fines, la censura y la represión a los creadores que no se pliegan a sus dictados, el saqueo del patrimonio nacional. Hace años tuve la suerte de poder denunciar en la prensa internacional un delito de esta naturaleza y apoyado por pruebas irrefutables, impedir que se consumara la venta de un lienzo que pertenecía al Museo Nacional. En la incesante comisión de estos delitos no puede ignorarse tampoco que, en su afán de enriquecimiento, el régimen se ha entregado igualmente a la falsificación de la obra de los maestros y de los creadores con una sostenida demanda.
A estas alturas eso significa que la integridad de nuestro patrimonio cultural ha sido desmenuzada. Y me temo que ese daño sea de carácter permanente e irreparable. La dispersión de obras de arte, piezas decorativas de suprema calidad y en muchos casos únicas, muebles de museo y libros y documentos de factura y trascendencia excepcionales, es tan incalculable como incontrolable. Con su venta, en la que participan ambiciosos negociantes sin principios que proliferan en todas las capitales, el régimen y sus funcionarios de alto rango y sus cómplices, han descubierto una fructífera industria. Es, sin lugar a dudas, la única que funciona bien en esa triste tierra y, lo mejor del caso, la que apenas ocasiona gastos a los incalificables vendedores que son instrumento de la destrucción del país.
Es importante señalar que este saqueo del patrimonio cultural cubano coincide con el auge de los precios y la valoración del arte latinoamericano desde hace unas dos décadas. Esto determina que las obras de los maestros que ya son tanto parte de la historia como de la leyenda se coticen en cifras verdaderamente astronómicas. Unos precios que sus creadores, muchos de los cuales llevaban una existencia modestísima, jamás pudieron soñar ni en un delirio febril. Así, sirva esto de ejemplo, hace una década he visto venderse en más de cinco mil dólares una sencilla y pequeña hoja con un gouache de Amelia Peláez, que a fines de los años cincuenta podía adquirirse en su casa por unos cuarenta dólares.
Amo el arte cubano y he dedicado una vida a su estudio, difusión y crítica. Me alegra mucho que la obra de los artistas cubanos se valore en los miles. Pero no puedo dejar de sentir una enorme tristeza cuando, por ejemplo, recuerdo a Víctor Manuel regalando prácticamente sus bellos dibujos por pura necesidad. De igual suerte ─y sí alguien siempre ha apoyado a los jóvenes artistas y ha seguido su quehacer es el cristiano que esto escribe─, no deja de sorprenderme un hecho que resulta insólito. Es el que muchas veces, la creación de esos jóvenes ─y la hay de gran calidad aunque no toda la tiene y existe la obra pésima pero muy bien promocionada y vendida─ se valore muy por encima, igualmente en los miles, de obra excepcional como un lienzo de Carlos Enríquez. Algo que, por otra parte, ilustra la ignorancia y el mal gusto que tanto imperan. En fin, para citar a los clásicos: “cosas vederes que harán fablar las piedras”.
Cuando en Cuba finalmente imperen la libertad, la democracia y la imprescindible justicia, una de las tareas ineludibles que deberemos acometer es la redacción de nuestra verdadera historia y su puntual enseñanza para no repetir nuestros errores. De igual suerte, deberemos dedicarnos a la localización de nuestro patrimonio cultural y en la medida de nuestras posibilidades de su rescate, lo que desgraciadamente no siempre será posible como nos han enseñado otros procesos históricos. Ambas cosas son esenciales para iniciar nuestra andadura hacia la pendiente posibilidad cubana.