He llegado a esa época de la vida que designo como acabamiento. No hay nada pesimista en esa precisión. Sólo soy, como me ha dicho más de una vez mi buen amigo el escultor Marc Andries Smit, un optimista bien informado. Sea eso lo que fuere, que no sé bien; sólo creo que a estas alturas de mi edad he acumulado un buen número de precisiones y certidumbres y tengo mucho más desarrollada la lucidez para no admitir engaños e infamias. Es un consuelo. Y quiero dejar por sentado que no me caracterizo por andar buscando consolación por este mundo de Dios que va tan de cabeza. Es algo totalmente inútil. Las cosas, los golpes de la vida, se encajan. No hay más.
Pero en nuestra existencia hay también momentos de alegría. Podría afirmar que hay épocas de dicha. Una de esas alegrías me la dio hace unos días un viejo amigo, el pintor Roberto Weiss, dedicado por completo a su trabajo desde hace unos años y que anda por este mundo con un admirable talante. Más allá de su natural gentileza y bondad, este artista se ha entregado de lleno a algo tan raro como estupendo: hacer lo que quiere y lo que le gusta. Nada más envidiable y gratificante.
Desde que conozco a Roberto, siempre vi en su trabajo un afán, unas tendencias expresivas básicas: la pintura del cuerpo humano, la naturaleza y temas de índole espiritual. Esa espiritualidad opera en mucho de su quehacer como un sistema de vasos comunicantes. Y su latido es la poesía. De esta suerte, en los últimos tiempos se ha entregado a plasmar una serie de cuadros de monjes. Esos monjes surgen de una anterior etapa en que los religiosos eran en determinados casos una abstracción que jugaba en una composición en que los contrastes de color y las texturas eran básicas. Ahora esos monjes tienen una identidad. En la serie de lienzos que les dedica el creador y que va creciendo, los rostros de esos monjes encapuchados son de amigos del artista o de personalidades de la historia del arte.
El regalo que me hizo Roberto fue incorporarme a su serie integrada entre otros por nuestro mutuo amigo el pintor Orlando Cabañas, creador de personajes y paisajes paradisíacos; Fidelio Ponce, cuya paleta y pincelada siempre le han fascinado; y maestros europeos que son figuras medulares del arte moderno, como Vincent Van Gogh; Camille Pissarro; Edouard Manet y Auguste Renoir.
El retrato es uno de los géneros más constantes y consistentes de la pintura. En su ámbito figura un incontable número de obras maestras a lo largo de los siglos. En su factura y destino gravitan múltiples intenciones. Es expresión de poder; manifestación de amor personal y familiar; tributo a las cualidades del retratado y, también, crítica a su persona; es elemento expresivo de fe y de devoción religiosa; es suprema manifestación de la vanidad humana.
En esto de las intenciones que se traducen en retratos, debo subrayar algo que puede funcionar y de hecho trabaja para muchas clases de piezas de este género. Tiene que ver con la vanidad que acabo de mencionar. Son incontables los retratos que constituyen una obra de ficción, una mentira incalificable, una traducción sobre el lienzo de cómo el retratado se ve a sí mismo y, lo peor, quiere que lo vean.
El retrato que me ha hecho Roberto con el hábito monacal, además de alegrarme, me honra. Porque un retrato, al igual que un poema que se hace de o sobre una criatura desde el prisma del afecto, la amistad y el cariño, constituye un regalo de excepción y un privilegio. La imagen que ahora cuelga en las paredes llenas de cuadros de casa me ratifica algo que siempre he dicho. No es otra cosa que un poeta, es un hombre que quiere ser todos los hombres. Ahí estoy en el lienzo con mi hábito y capucha como si los hubiese usado toda la vida y la evidente intención de vestirlos cuando vaya a dar cuentas a mi creador y a ponerme en sus misericordiosas manos.
Siempre he sostenido que sin dibujo no hay pintura y que la pintura se justifica por la calidad de su propia naturaleza. El retrato que me ha regalado Roberto es pintura. Y es, no porque yo sea su modelo, una de las mejores obras que yo considero ha realizado el artista en los últimos tiempos. Su labor no me idealiza. Me muestra como un hombre corpulento en lo que ahora se designa como la tercera edad, una edad que lo peor que tiene es que no se pasa de ella. De igual suerte, capta lo que evidentemente es según el consenso familiar, al que me adhiero, una expresión característica de mi persona. Así, me muestra tras los espejuelos y con mi gran bigote blanco que recuerda al de mi admirado León Bloy, como alguien que ha visto y pasado demasiado y que, a estas alturas de su existencia, sólo le cabe esbozar una sonrisa amable y bonachona y no exenta de cierta picardía en la que no deja de insinuarse algo de un enigma.
Doy gracias a mi viejo amigo el pintor Roberto Weiss por haberme visto y plasmado de esa manera. También por la calidad en todos los órdenes del retrato. Una obra que debo declarar me ayudó a conocerme mejor y que no sólo me ha dado un alegrón personal, sino que ha puesto contentísimos a los míos. Esa es una de las gracias de la creación.