COLUMNA
 

 

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Por Armando Alvarez Bravo
La salvajada en nombre del arte
 

En los últimos días, en medio del aluvión de correos electrónicos que me llegan diariamente proponiéndome toda suerte de cosas, anunciándome milagros, informándome que he ganado remotas loterías, cómo hacerme millonario en un abrir y cerrar de ojos y todo lo que tiene que ver con mi dicha y salud y su mejoramiento en todos los órdenes, he recibido no pocos correos electrónicos que singularmente, fueran nacionales o internacionales, tenían algo de común urgencia. Me decían en el “Subject”: “¡¡¡Esto no es arte, por favor denúncialo!!!” 

 

Estamos atravesando una época ¿vamos a ver si salimos de ella? en que como no me canso de decir y escribir hay demasiado en el mercado, los museos y las galerías que definitivamente no es arte. Es simplemente una birria. Pero ¡ay! esa birria se mueve muy bien gracias a los negociantes que no dudan de vender su alma al diablo, una crítica y una academia que parecen haber olvidado lo que es arte verdadero y unos compradores y coleccionistas que tampoco saben donde están parados y compran “arte” porque está bien promovido, buscando reafirmar su status y, en definitiva, porque tienen el dinero para gastarlo como se les antoje y ni idea de lo que es arte. Por supuesto, como siempre, en esa sombría enumeración que acabo de hacer hay, a Dios gracias, excepciones.      

 

Los correos electrónicos que me siguen llegando con el aviso y la invitación: “¡¡¡Esto no es arte, por favor denúncialo!!!” dan razón a lo que acabo de decir y lo que es más insólito y terrible, sobrepasan cualquier juicio u opinión sobre tanto “arte” que se nos impone y que recibe una difusión y reconocimiento creciente y, con ellos, genera cada día que pasa mayores utilidades. 

 

Dice el correo electrónico: “En el año 2007, Guillermo Vargas Habacuc, un supuesto artista, cogió a un perro abandonado de la calle, lo ató a una cuerda cortísima en la pared de una galería y lo dejó allí para que muriera lentamente de hambre y sed. Durante varios días, tanto el autor de semejante crueldad como los visitantes de la galería de arte presenciaron impasibles la agonía del pobre animal, hasta que finalmente murió de inanición seguramente tras haber pasado por un doloroso, absurdo e incomprensible calvario ¿Te parece fuerte?”       

 

Como ni en el horror ni en el caos hay grados, como en estos tiempos que corren la indiferencia y la insensibilidad ante el dolor ajeno no tienen el rango ético que deben tener, la monstruosidad de “la satánica creación” de este “artista conceptual” adquiere más relevancia al ser invitado, Guillermo Vargas Habacuc, para representar a Costa Rica en la Bienal Centroamericana de Arte del 2008, que tiene como sede a Honduras. Allí, se informa en uno de los correos electrónicos, repetirá la salvajada de torturar a un pobre animal hasta que muera.        

 

En nombre del arte conceptual, bajo cuyo amparo se reúne tanta mediocridad y falta de talento, se cometen muchos crímenes contra el arte verdadero. He visto piezas conceptuales que no son sólo abominablemente pésimas, sino también asquerosas por los materiales empleados en su ejecución. Va de suyo que el uso de esos materiales es un recurso para llamar la atención a algo que no la merece. Guillermo Vargas Habacuc fue al extremo para llamar la atención. No se le puede admitir ninguna explicación por lo que no la puede tener. Así, es responsable no de un acto creativo, sino de perpetrar una extrema manifestación de sadismo, de un acto criminal propio de un psicópata. El sufrimiento que causó a un pobre animal es un hecho canallesco de extrema crueldad que merece ser elevado a los tribunales para que el peso de la ley caiga sobre el que lo concibió y ejecutó.            

 

Si condenable es la acción de Guillermo Vargas Habacuc, no menos condenable es la de la galería que le permitió usar su espacio para cometer esta atroz salvajada, y la indiferencia del público que la presenció con absoluta insensibilidad en nombre del “arte”. No menos condenable es que se seleccionara al maligno “creador” como representante de Costa Rica a la Bienal Centroamericana de Arte del 2008. Eso no sólo constituye una mancha para la decencia y los valores del pueblo costarricense sino también es un gesto de absoluta aprobación por parte de los organizadores de la Bienal de un acto de criminal sadismo presentado como una expresión artística.     

 

Todo lo que rodea a esta infamante muestra de “arte conceptual” me avergüenza como ser humano. Porque por muchos años de mi existencia padecí de la feroz censura del totalitarismo castrista que me redujo a la condición de no persona y que en el exilio no ha dejado de hostigarme cada vez que ha tenido oportunidad de hacerlo, no censuro lo sucedido ni lo que va a suceder. Con la censura no se va a ninguna parte. Lo que sí condeno de modo final y absoluto es la incalificable mentalidad y “la cruel obra conceptual” de Guillermo Vargas Habacuc; la complicidad de la galería en este acto criminal; la reprobable indiferencia e insensibilidad del público que fue testigo de un proceso de lenta y cruel tortura; el reconocimiento otorgado a Guillermo Vargas Habacuc al invitarlo a la Bienal Centroamericana de Arte del 2008; el que Costa Rica acepte ser representada por quien fue capaz de consumar la salvajada que perpetró y, finalmente, el que los organizadores de la Bienal no retiren de su programa a este sujeto que con “su obra conceptual” envilece al arte verdadero y a la misma condición humana.       

 

No creo que la creación artística atraviese sus mejores momentos, lo que no quiere decir  que no se produzca arte de gran calidad. Lo que me importa subrayar es que expresiones como la de Guillermo Vargas Habacuc, que se hacen pasar por arte, más específicamente por “arte conceptual”, hacen un enorme daño a la verdadera creación artística, en cuyas manifestaciones coinciden, desde la visión renovadora y la fijeza de los valores estéticos y formales, la ruptura y la tradición. 

 

Mal andamos si el dolor y la tortura, hasta la atroz muerte de un ser viviente, se exaltan como arte. Pero tal como están las cosas, no hay que extrañarse. Eso sí, no debemos ser cómplices de esa monstruosidad ni tolerarla. 

 


 

 
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