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COLUMNA
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Por Armando Alvarez Bravo |
El mundo encantado de Orlando Cabañas.
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<p><span lang="ES">Por Armando Ãlvarez Bravo</span></p>
<p><span lang="ES">Muchas veces uno se pregunta, sobre todo en mi oficio de crÃtico, la razón por la que ciertas obras gustan o, mejor, tienen “más salida†que otras. Por supuesto, está la formación del que hace la selección y ese misterio que, por mucho que intente describirse, es indescriptible: el gusto. No puede negarse que en el espectro del gusto figura hasta lo horroroso. Debemos considerar otro aspecto en ese fenómeno que nos relaciona con una obra. Muchas veces no tiene nada que ver con su ejecución y factura. En demasiadas ocasiones depende de modas, y todas las modas son efÃmeras, y de agendas crÃticas, comerciales y, por supuesto, polÃticas. Valga decir que esas agendas, en milagrosas ocasiones, son expresión de calidad, pero en la mayorÃa son exponente de mediocridad y de real basura.</span></p>
<p><span lang="ES"> Atravesamos una época en que la calidad, que indudablemente existe, se ve hostigada por toda suerte de movimientos, obras, artistas y piezas que sobran y nada agregan a la historia del arte. Esa historia en que la tradición tiene como parte esencial la ruptura, la incorporación de nuevas perspectivas que la enriquecen y determinan el valor de su caudal. En unos años se verá que esto que afirmo es cierto y que sólo prevalecerá lo bueno, lo que tiene verdadera calidad.<span> </span></span></p>
<p><strong><span lang="ES"> </span></strong><span lang="ES">Uno de los credores que, por lo antes expuesto, lamentablemente no tiene el reconocimiento y la difusión que merecen su obra y que admiro desde hace muchos años es el maestro Orlando Cabañas. Un artista singular y con una rotunda firma de estilo en la pintura cubana de las últimas décadas. Esa pintura que conjuntamente con otros géneros de la plástica ha sufrido y sufre la gravitación negativa que ha impuesto a los creadores el totalitarismo castrista por una parte y, por otra, la suma de condiciones adversas en todos los órdenes que los artistas y escritores exiliados confrontan. Si alguien sabe bien de estas condiciones y circunstancias es el maestro Cabañas.<br />
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<p>E<span lang="ES">ste regio pintor tiene un lenguaje propio y su obra se caracteriza, desde su concepción en la mesa de dibujo, por la minuciosa construcción, ejecución y acabado. Jamás tiene que “salir†de una pieza. Para él, un cuadro está terminado cuando lo deja descansar en el caballete y al cabo de los dÃas comprende que no hay que hacerle ni agregarle nada, que no requiere el mejor retoque. He conocido a pocos creadores tan celosos de la ejecución y acabado de su obra como él.</span></p>
<p><strong><span lang="ES"> </span></strong><span lang="ES">El mundo que el maestro Cabañas ha edificado a lo largo de los años, un universo que decanta incesante, es un mundo encantado. Un mundo cuya realidad tiene la calidad de los más espléndidos sueños. Puede decirse que en su discurso plástico hay tres zonas tan precisas como permanentes. Una es el de sus bellas e idealizadas mulatas en paisajes fastuosos y exuberantes. Otra son sus acogedores interiores que respiran frescura, siempre con una ventana o una puerta abierta al cielo y llenos de detalles y precisiones inconfundiblemente cubanos. Una reunión de objetos que no sólo son expresión de lo barroco criollo sino de igual modo de su espÃritu. Y la tercera zona es una que se concentra en el paisaje y las aves y los animales y, en ocasiones, se vuelca sobre las naturalezas muertas. Las tres se caracterizan por la precisión de la lÃnea y el dibujo, la sabia composición, la incalculable riqueza y variedad del color, la diafanidad de la obra en que alientan inseparables belleza e ingenuidad. Cuadros que son por sà mismos una historia o que se proponen para concebir una ficción a partir de sus imágenes.<span> </span></span></p>
<p><strong><span lang="ES"> </span></strong><span lang="ES">Siempre he sostenido que se debe adquirir, poseer la pintura, el arte, con el que se quiera convivir. En el caso del quehacer del maestro Cabañas va de suyo que el deseo, dirÃa mejor la necesidad de convivencia, se establece desde que se ve por vez primera el lienzo. Pero me veo obligado a ir más allá de ese juicio que es para mà un dogma. Las pinturas de este artista de exquisito refinamiento y gentileza personal, sobrepasan mi certidumbre. Con sus piezas se trasciende el deseo de convivencia. Lo que ellas motivan en verdad es el deseo de poder ser parte de la obra no como elemento de la creación plástica, sino como parte de la mágica realidad que se plasma en su espacio encantado. En un mundo en que se pinta tanto sobrecogedor y espantoso, la creación de Cabañas es un exponente de perfección y belleza y maravilla en todos los órdenes.<span> </span></span></p>
<p><strong><span lang="ES"> </span></strong><span lang="ES">ArtÃfice de una obra finalmente cubana en la riqueza del color y también de la temática en uno de sus tres discursos, quizás hasta en dos en cierta medida, el maestro Cabañas ha sabido llevar a lo que considero su más fascinante creación, sus mulatas de fantasÃa en un mundo de deslumbrante y apetecible carnalidad, a una dimensión en que nos regala lo esencial de lo primigenio, de lo arquetÃpico, del absoluto deseable. Un operación de alquimia que sólo un artista de su imaginación, oficio e inocencia es capaz de realizar. Más allá de sus caracterÃsticas formales, son esa imaginación, oficio e inocencia los que diferencian y dan carácter único al pintor en la plástica de su patria y la latinoamericana. También lo singularizan en un mundo de valores que se hacen trizas y necesita con final urgencia la dosis de magia e idealidad temporal hacia el siempre que tanto nos falta.<span> </span></span></p>
<p><strong><span lang="ES"> </span></strong><span lang="ES">Esa posibilidad y plenitud que nos entrega esta pintura, esa evidente capacidad de irradiar la magia del conjuro de los orÃgenes que Mallarmé querÃa para la poesÃa, el ámbito lúdico que en ella alienta y lo fantástico de una ideal ficción que se ofrece de forma constante no son estrictamente, quiero subrayarlo, elaboraciones crÃticas. Aunque considero que convienen a esta obra por encima de cualquier otro tipo de precisión.</span></p>
<p><span lang="ES"> La mejor prueba de lo que acabo de afirmar me la han dado mis nietos, Joseph Armando, ahora de seis años, y Ana MarÃa, todavÃa en los dos. Ambos, y Ana MarÃa todavÃa lo hace, en sus primeros años se encantaban observando largo rato los cuadros de Cabañas que tienen en su casa. Señalaban detalles de los mismos, algunos evidentes y otros que sólo ellos eran capaces de ver e imaginar. Entre niños y pieza se establecÃa esa misteriosa comunicación que sólo el arte esencial es capaz de generar. Muy especialmente cuando plasma un mundo encantado. No es otra cosa el mundo del maestro Orlando Cabañas.</span></p>
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