COLUMNA

 

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Por Juan Pina
Un gran día para Europa
 

La eliminación de todos los controles fronterizos y aduaneros mediante el tratado de Schengen fue un hito en la construcción europea y, más allá, en el camino hacia un mundo globalizado. Hoy se da un paso más al incorporar a la zona Schengen nueve países más. Con la demolición de puestos fronterizos simbolizada esta madrugada, ya son cuatrocientos millones de ciudadanos los que pueden viajar y comerciar por todo el continente, de Portugal a Estonia, sin tener que pararse cada rato para enseñar un documento en esas absurdas y obsoletas líneas de colores que delimitan la soberanía estatal en declive. Ahora, un poco más que ayer, es la soberanía del individuo humano la que cuenta.

Fue más o menos en esta época del año cuando se derribó el funesto muro de Berlín que separaba la Europa libre del conjunto de tiranías colectivistas nucleadas en torno a la tosca superpotencia soviética. Los niños nacidos en aquella noche grande para la humanidad acaban de alcanzar su mayoría de edad. Europa es mejor que hace dieciocho años y se encamina hacia la fusión territorial en un marco común de derechos y libertades. Es una pena que, como contrapartida, el colectivismo de izquierdas y de derechas haga que la inmensa mayoría de nuestros políticos coincida en imponernos un sistema socioeconómico caracterizado por la fuerte intervención estatal y por la rapiña fiscal de la Hacienda pública.

Otra de las sombras de esta unión cada vez más irreversible de Europa es la insidiosa burocracia bruselense, un monstruo de mil cabezas que campa a sus anchas y hace lo que le viene en gana, ajeno a todo control democrático. Los gobiernos nacionales deben perder mucho más poder frente a Europa, y los ciudadanos tendrán que valorar cabalmente la importancia de las elecciones al Parlamento Europeo, y exigir que sus representantes en el mismo realmente tengan las competencias que a toda cámara legislativa le corresponden. Lo que no se puede hacer es una cesión de soberanía sin garantías democráticas.

En este día de ilusión para los europeos cabe hacer dos reflexiones geopolíticas. La primera es la irrelevancia creciente de las fusiones, separaciones y federaciones que dentro de la Europa común se produzcan. Los estados checo y eslovaco, que se separaron civilizadamente a primeros de los noventa, se han reencontrado hoy, no ya en una unión económica sino en una estructura política y social superior. La inminente independencia kosovar no es ningún desastre, como la presenta buena parte de la prensa europea, sino un hecho que, dentro de esta Europa, no debería tener excesiva importancia. Simplemente será necesario que tanto los serbios como los kosovares ingresen pronto, por separado, en la estructura común. Y si en el futuro se producen otras operaciones de separación o fusión a niveles subeuropeos, nadie debería alarmarse en exceso. Sin moneda, fronteras, aduanas, pasaportes, ejército… ¿qué más da que Flandes sea parte de Bélgica o no? Lo mismo se puede aplicar a cualquier otra zona, claro está.

La segunda reflexión gira en torno a la triste autoexclusión de Rusia, que nos mira desde su búnker con una mezcla de resquemor y envidia. Moscú, sobre todo en los últimos años, ha optado por oponerse al resto del mundo occidental, al que sin embargo pertenece por su identidad cultural. Es un camino equivocado que sólo producirá dolor a todos. Los países que no han podido o no han querido liberarse de su condición de satélites de Rusia se cuentan hoy entre los menos desarrollados y democráticos de Europa: Moldavia y Bielorrusia por voluntad de sus regímenes, Georgia y Ucrania por las constantes injerencias y amenazas de Moscú a sus dirigentes proocidentales. El tiempo no pasa en balde y, en palabras de Mario Vargas Llosa, “las ideas tienen consecuencias”. La principal consecuencia de las ideas obsoletas y sectarias del antioccidentalismo es la automarginación. Rusia y sus vecinos merecen un sitio en esta nueva hipernación ilusionante que, a trompicones y con un asfixiante exceso de Estado, pero con fe en nuestras propias capacidades y en la libertad del ser humano, nos estamos construyendo los europeos. Ojalá seamos capaces de incorporarles, y ellos de renunciar a su megalomanía de ex superpotencia, poner los pies en la realidad y sumarse a esta Europa que también es suya.

 

 
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