COLUMNA

 

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Por Juan Pina
Chocolate belga
 

Pese a albergar la ciudad de Bruselas, capital de la Unión Europea, Bélgica es un país de importancia secundaria en la Europa de los 27. Aparte de haber inventado las patatas fritas (injustamente denominadas French fries en el mundo anglosajón), este pequeño país europeo no es especialmente conocido por nada. Bueno, quizá solamente por el chocolate belga que han popularizado las grandes marcas de helados. Y hasta cierto punto es lógico este desconocimiento generalizado sobre un país que, seamos sinceros, es bastante artificial.

Comparada con los demás países europeos, casi todos ellos herederos de muchos siglos de historia nacional, Bélgica, nacida apenas en 1830, aparece como un invento decimonónico que surgió a causa de los intereses de las grandes potencias y que, desde entonces, apenas ha logrado consolidar un auténtico sentimiento de cohesión nacional. Las dos comunidades etnolingüísticas y territoriales, Flandes y Valonia, parecen más distanciadas que nunca. 2007 ha sido el annus horribilis de la coexistencia entre flamencos y valones, y tras seis meses de fallidos intentos de formar gobierno, el futuro de la entelequia belga es incierto.

El nacionalismo romántico nacido en el siglo XIX y extendido hasta hace pocas décadas trajo consigo todo tipo de excesos colectivistas que impusieron con extrema dureza el mito del Estado-nación. Las grandes naciones europeas se aprestaron a uniformizar sus sociedades aplastando toda forma de diferencia. Francia hizo un trabajo perfecto aniquilando la cultura, la lengua y las instituciones propias de los bretones, vascos, corsos y otros grupos. España no llegó tan lejos como Francia, aunque desde luego lo intentó. Londres hizo lo posible por asimilar a galeses y escoceses, y vivió como una amputación la independencia de Irlanda en 1916, que no reconoció hasta seis años más tarde.

Al mismo tiempo, el nacionalismo centrípeto creó y consolidó Estados como el italiano y el alemán, mientras el centrífugo liberaba a decenas de países del yugo turco o austriaco. Todos los nuevos y débiles países nacidos por amalgama o separación se apresuraron a abrazar ese nacionalismo romántico que veían como una tabla de salvación. Era crucial ser reconocidos internacionalmente como naciones unitarias, lo que implícitamente les otorgaba el derecho a ser Estados soberanos. Para ello era conveniente tener una dinastía, así que, a falta de monarcas autóctonos, las grandes familias alemanas acudieron a llenar los tronos de Grecia, Bulgaria, Rumanía, etcétera. También convenía no ser percibidos como un pot-pourri de etnias, costumbres y credos: el Estado-nación debía responder a un sólo pueblo homogéneo, dotado de un único sistema de creencias religiosas y políticas que habrían de expresarse en una sola lengua. La pluralidad se consideraba sucia y débil.

Es obvio que esta forma de ver las cosas creó el caldo de cultivo para el surgimiento de los totalitarismos del siglo XX. El genocidio judío a manos de los nazis, la deportación de toda la población tártara de Crimea por parte de Stalin, la prohibición de las lenguas territoriales en la España de Franco y el sometimiento de la minoría húngara en la Rumanía comunista, son ejemplos de la persistencia del mito del Estado nacional unitario a través de las décadas: un mito invulnerable al paso del tiempo y de las ideas, aplicable tanto en sistemas democráticos como dictatoriales, y tanto por la derecha como por la izquierda. Ein Volk, ein Führer, ein Reich, proclamaba la Alemania de Hitler como resumen perfecto de toda esta visión que tanto daño ha hecho a millones de personas.

Bélgica ha sido frecuentemente despreciada por sus vecinos (y desde luego por la Alemania nazi, que la invadió en menos de lo que se tarda en gritar heil Hitler), como un país mezclado, mitad francés y mitad holandés, un Estado falso al no responder realmente a una determinada unidad nacional. Durante la posguerra mundial se recrudecieron los altercados entre flamencos y valones, hasta que finalmente se llegó a un acuerdo nacional bastante parecido a un divorcio. Hoy Flandes y Valonia son prácticamente dos países separados e independientes el uno del otro. La supuesta unión nacional se reduce hoy a la corona, al servicio diplomático y al régimen especial (y bilingüe) de la capital. Todas las demás competencias del Estado común belga (moneda, ejército, fronteras) ya han sido superadas en realidad por la pertenencia de Bélgica a la Unión Europea. Y sin embargo los flamencos y los valones siguen sin entenderse, como demuestra este 2007 de ingobernabilidad y de crisis constantes.

Tal vez lo que los belgas del Norte y del Sur necesitan de sus políticos es que prescindan de una vez de ese decorado de cartón-piedra llamado Bélgica y procedan a la separación tranquila y civilizada de Flandes y Valonia. Tal vez la occidental y desarrollada Bélgica tenga que aprender, década y media más tarde, la lección de una Checoslovaquia atrasada y recién salida del comunismo, que sin embargo asombró al mundo dividiéndose en dos países, Eslovaquia y la República Checa, sin un solo tiro y con un apretón de manos. Y tal vez las grandes y orgullosas potencias europeas de siempre (Francia, Gran Bretaña, España...) deban entender que poco o nada puede hacerse si una determinada comunidad, de forma muy mayoritaria, desea emanciparse del resto. Las políticas de represión de la pluralidad no tienen cabida en el universo democrático actual, y las de apaciguamiento (como el llamado "café para todos" en España) no resuelven el problema latente, aunque lo aplacen y dulcifiquen.

Se acaba de independizar Montenegro y pronto lo hará Kosova. Tal vez los belgas reduzcan aún más su Estado común o lo disuelvan de facto o de iure. Corren tiempos escalofriantes para quienes aún creen en el nacionalismo de Estado. Pues más vale que se vayan preparando psicológicamente, porque quién sabe si un desarrollo similar en Escocia, Cataluña o Córcega sea solamente cuestión de tiempo.

Como liberal, la única autodeterminación que realmente me interesa es la del individuo humano, que afortunadamente cada vez es más soberano. Pero precisamente desde mi desafección escéptica frente a toda nación con Estado o sin él, creo que los Estados actuales no tienen derecho a ejercer el monopolio sobre el nacionalismo. Con los nacionalismos, consolidados o postulantes, pasa lo mismo que con los credos religiosos. Todos son igual de legítimos (y de absurdos), pero a ninguno se le puede permitir pasarse de la raya. Mientras no lo hagan, que cambien las líneas de colorines de los mapas cuantas veces deseen. ¿Qué más da, dentro del marco jurídico, económico y político de Europa y, más aún, de la globalización a la que nos encaminamos?

La próxima vez que viaje de Francia a Holanda me dará igual atravesar un país o dos países, ya que seguirá sin haber fronteras ni aduanas, ni cambio de moneda, y mis derechos y deberes seguirán siendo los mismos en cualquier punto de mi viaje. Eso sí, seguiré parando a comprar chocolate, ya se denomine "belga", "flamenco" o "valón". Es bastante bueno.

 

 
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