COLUMNA

 

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Por Juan Pina
Los fantasmas de la vieja Europa
 

La cumbre de la OTAN ha hecho posible que durante unos días la atención global recaiga sobre la capital rumana, lo que ha servido como un excelente escaparate para que el mundo conozca más de cerca la nueva Rumanía, todo un "milagro" económico y político en pleno boom, ajeno a las nubes negras que se ciernen sobre la economía internacional. Pero, desde luego, no es el buen rumbo ni el mejor ritmo de las reformas rumanas lo que ha dominado los debates de la Alianza Atlántica en Bucarest, ni las crónicas de los corresponsales. En ese país de la "nueva" Europa, la emergida a la libertad después de 1989, se ha escenificado una vez más la tragedia de la Europa "vieja", cuyos fantasmas parecen cada día más temibles. 

 

La Europa más caduca, menos innovadora, más obsoleta y "vieja" es la que representan el eje franco-alemán y los países que giran en torno al mismo, incluida por desgracia España. Es un grupo de países desarrollados que han logrado un excelente nivel de vida pero que se caracterizan hoy por un inmovilismo suicida en un mundo de cambios vertiginosos. Son países que en economía apuestan aún por la férrea intervención del Estado para planificar el bienestar de la gente a costa de la espontaneidad, la creatividad y el crecimiento. Son países que construyen una Europa-fortaleza caracterizada por altos impuestos, paternalismo extremo del Estado y poca o nula capacidad de reacción e innovación frente al mundo emergente y globalizado. Y son países que, en política exterior, parecen no haberse dado cuenta de que el muro de Berlín cayó hace cerca de veinte años. 

 

Durante las décadas de la Guerra Fría, estos países desempeñaron con frecuencia un discutible papel de inmoral equidistancia entre el castillo de dictaduras liderado por Moscú y el resto del mundo libre y democrático. En vez de aunar esfuerzos con Norteamérica y el resto de Occidente para acabar con la tiranía comunista, estos países frecuentemente lideraron políticas de "distensión" que recordaban al appeasement de Chamberlain frente a Hitler. De alguna manera, a varias generaciones de europeos se les metió entre ceja y ceja que tan malo era el "socialismo real" instalado al otro lado del Telón de Acero como el "capitalismo salvaje" del "imperio yanqui". Para ellos, el modelo social, económico y político más avanzado era el que representaba la propia Europa Occidental, combinando la libertad norteamericana con la sensibilidad social del Este. Por supuesto, nada de eso era verdad. Por supuesto, Europa se equivocó hasta el fondo con esa posición intermedia que sólo logró prolongar el sufrimiento de una veintena de países europeos hasta que consiguieron escapar de la bota soviética. Y por supuesto, Europa Occidental, la "vieja" Europa, jamás reconoció después sus errores. Al contrario, parece decidida a reeditarlos. 

 

En esta cumbre de la OTAN en Bucarest ha dado un paso firme hacia esa reedición. Mientras Washington y los países occidentales sin complejo de serlo impulsaban el ingreso de Georgia y Ucrania en la Alianza Atlántica (un ingreso deseado y merecido, consensuado en esos países y beneficioso para Occidente), la "vieja" Europa se ha negado a la ampliación para no molestar a Rusia. Como en los peores tiempos de la equidistancia, socios importantes de la OTAN actúan en ella como quinta columna al servicio de los intereses de Moscú: recuperar su posición de gran potencia y conducirnos de nuevo al espantoso escenario geopolítico de la bipolaridad. 

 

Ucrania y Georgia son países europeos que se sienten parte de la cultura y del marco de valores de Occidente, y que quieren contribuir al esfuerzo defensivo euro-atlántico. Son países, además, que con razón se sienten amenazados por la veleidades imperialistas de una Rusia desbocada y decidida a recuperar poder geopolítico a cualquier precio. Son dos países que han sufrido recientemente las artimañas rusas: desde el intento de asesinato del candidato presidencial ucraniano con veneno, hasta la desestabilización de partes del territorio georgiano mediante la financiación la entrega de armamento a las minorías separatistas pro rusas. Frente a todo ello, ¿qué hace la "vieja" Europa? Rechazar el ingreso de estos países en la Alianza que podría ofrecerles protección y seguridad. Vladimir Putin se debe de estar frotando las manos.

 

Con "rivales" así en París, Berlín o Madrid, sus planes avanzan y la nueva Guerra Fría va emergiendo como una realidad fantasmagórica. A Europa Occidental le pierde la cobardía ante sus propios fantasmas, y sin darse cuenta les ayuda a resucitar.

 

 

 

 

 

 
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