La lección del museo de orsay
Friday, April 25th, 2008Por Armando Álvarez Bravo
Entre las infinitas recomendaciones que se hacen a los que viajan a París, que siempre dependen de los gustos e intereses del que las formula, en lo que concierne a los museos hay una definitiva. Hay dos museos que tienen que visitarse: el Louvre y el museo de Orsay. En todos los órdenes se encuentran en los extremos del espectro del arte, pero sus fabulosas colecciones son expresión de la creatividad del hombre a lo largo de los siglos, en el caso del primero, y en el del segundo, dedicado fundamentalmente a piezas del siglo XIX. Este guarda las más célebres obras de los impresionistas, que replantean la forma de plasmar la realidad y determinan el futuro del arte, junto con las esculturas y objetos decorativos cuya concepción cambió para siempre la forma en que los artistas interpretaban la línea, el movimiento y el color. Debo señalar al lector que lo que designamos como arte moderno puede verse en el Centro Pompidou. También que ese arte tiene su sustento en el catalizador que constituyen los fondos del museo de Orsay.
Cada instante que transcurre hace más inmensa la dimensión de lo pasado. Pero hay un siempre en el pasado y existen momentos y cosas que se eternizan con su gravitación. Es el caso de la obra que atesora el museo de Orsay. Cada vez que se visita su fabulosa sede, una antigua y hermosísima estación de trenes cuya fachada da al Sena y que fue construida en 1900 por el arquitecto Víctor Laloux, se palpa, tal como manifestó Serge Lemoine, presidente del Establecimiento Público del Museo de Orsay, algo fundamental a este recinto y que constituye su punto fuerte. Es su pluralidad interdisciplinaria: junto a la escultura, la pintura y los pasteles se encuentran las colecciones de dibujos, de artes decorativas, la sección dedicada a la arquitectura y la colección de fotografías, auténtica innovación en el mundo de los museos franceses cuando fue creada.
Es precisamente en cada elemento de esa pluralidad interdisciplinaria que el museo de Orsay nos da una lección. En buena medida, sus piezas constituyeron en su tiempo un arte de ruptura, una nueva forma de ver y de plasmar el mundo y las cosas. Pero esa ruptura, lejos de negar la tradición y el oficio y la inmutabilidad de los valores estéticos y formales, lo que hizo fue agregar una nueva dimensión a nuestra sensibilidad e inteligencia hacia y en un siglo caracterizado por su tumultuosa condición en todos los órdenes, por un vertiginoso desarrollo y por cambios abismales en la vida de la criatura.
Por supuesto que la obra de tantos artistas que guarda el museo de Orsay fue negada, criticada y rechazada en su momento. Encarnaba lo que Rimbaud llamó cambiar la vida. Pero he aquí que esa obra no sólo abrió nuevas sendas a la creación sino que sirvió para ajustar y poner en su sitio mucha creación equivocadamente valorada por variadísimas razones. Así, dice Lemoine que como “los gustos cambian y la historia no ha dejado de evolucionar, las otras corrientes de la época, que durante mucho tiempo fueron vituperadas con el calificativo de ‘arte bombero’ y condenadas al olvido, han ido encontrando su puesto. La frontera entre los que fueron ‘buenos’ pintores y los considerados como ‘malos’ se ha ido borrando, ya que no corresponde a la realidad histórica ni a evidentes criterios de calidad artística. El mérito del museo de Orsay consiste en poder mostrar también la diversidad de tendencias, tanto las ideales como las realistas, además de contar con algunas obras maestras de pintores únicos e inclasificables como fueron Fantin-Latour, Whistler o Carrière”.
Cuando consideramos, teniendo muy en cuenta el patrimonio del museo de Orsay y su significado estético, y comparamos esa producción con demasiado “arte” actual que es impuesto por las crecientes bienales, la superficialidad imperante, las agendas de galeristas, académicos y críticos, y la falta de información y discernimiento de los compradores, nos damos cuenta de que mucho de ese “arte nuevo”, de “última hora” es en demasía una birria incapaz de soportar el paso del tiempo y propiciar nuevas perspectivas creativas como hicieron los artistas que guardan las paredes y salones del museo de Orsay.
¿Qué determina la preponderancia de ese arte nuevo? Además de lo expuesto anteriormente, pienso que lo determina el hecho de que atravesamos una etapa de quiebra de valores en todos los órdenes. No menos que esa pésima obra es aceptada y exaltada como de primer orden porque los que la promueven y los que la adquieren padecen de una idéntica mediocridad y vacío intelectual y espiritual. Porque se carece del sentido común y el valor de considerar otra clase de creación de real calidad. Por la pavorosa dependencia de la moda.
Pienso que esa dependencia de la moda, que por naturaleza es intrínsecamente efímera, será lo que pondrá fin al predominio estepario del “arte nuevo”, del que sólo prevalecerá un cuerpo de obra que, en otro contexto y factura, puede equipararse a la pasión e intención que nos legaron los maestros del museo de Orsay. Lo que es indudable que obra como la del hermoso museo junto al Sena es obra concebida para convivir con ella y cada día descubrir al mirarla algo nuevo y gratificante. Algo imposible de hacer, díganme lo que me quieran decir, con cualquier pieza del “arte nuevo”. El tiempo tiene la última palabra.
