Archive for April 28th, 2008

“Secretos” del Partido Comunista del Uruguay

Monday, April 28th, 2008

La Inteligencia militar operó en el Partido Comunista en 1991 para promover a Marina Arismendi, actual ministra de Desarrollo Social, y procurar evitar el triunfo del Frente Amplio.

 

Después de la restauración democrática de 1985, los servicios de inteligencia militar mantuvieron infiltrado al Partido Comunista del Uruguay (PCU), a tal extremo que tenían copias de las llaves de su sede en la calle Río Negro y conocían casi al instante lo que se hablaba en los encuentros celebrados en ese lugar. Además, esos servicios operaron para que en 1991, cuando se tornaba inevitable la ruptura del comunismo uruguayo luego de la caída del muro de Berlín, la actual ministra Arismendi, derrotara al ex secretario nacional de Propaganda del PCU, Esteban Valenti, en la elección del Comité Departamental de Montevideo.

 

En las décadas del sesenta y setenta, el PCU fue uno de los principales exponentes del comunismo en América Latina. Y en 1989, cuando Tabaré Vázquez fue electo intendente de Montevideo, la lista 1001 del PCU fue la más votada en la interna del Frente Amplio. Valenti fue uno de los principales responsables de la comunicación de la 1001 ese año.

 

En su libro, el periodista señala que “en el año 1985, a la salida de la dictadura, se contabilizaron alrededor de 75 dirigentes, la mayoría comunistas, que quedaron ‘enganchados’ como informantes de las Fuerzas Armadas y la Policía”.

 

Relata además que el 1º de marzo de 1985 marcó para los servicios de inteligencia militar una continuidad en su trabajo. “Con la vuelta a la democracia, el seguimiento contra el PCU continuó sin pausa”, afirma Alfonso en su libro.

 

“Inteligencia militar poseía un plano detallado de la sede central ubicada en esa época en la calle Río Negro 1531. Sabía dónde se sentaba el conserje, el sitio donde se apostaba la seguridad y en qué sala se hacían las reuniones reservadas”, agrega.

 

Los servicios de inteligencia -relata el libro- tenían “copia de las llaves de la puerta” pero no instalaron elementos electrónicos “para preservar la operación y además porque no se subestimaba la capacidad del enemigo, ante la eventualidad de que los comunistas pusieran en práctica ‘contramedidas”.

 

“Más de una vez, en las tinieblas, militares y sus colaboradores se turnaban para hurtar documentos reservados que fotocopiaban y devolvían a las pocas horas”, señala la investigación.

 

“¡Tremenda operación!”. En 1991, el PCU procesaba duras discusiones internas, como ocurría con los demás partidos comunistas de buena parte del mundo. Los regímenes del llamado “socialismo real” se derrumbaban. Las reacciones, acusaciones y fracturas entre los comunistas de cada país eran una constante y Uruguay no fue la excepción.

 

En aquellos tiempos, los llamados comunistas “ortodoxos”, que tenían a Marina Arismendi como a una de sus principales figuras públicas, acusaban a Valenti y a los “renovadores” del “vaciamiento ideológico y financiero del PCU”.

 

Y ese duelo entre Arismendi y Valenti -que el autor asegura habían integrado el aparato armado de los comunistas- llegó a las urnas en noviembre de 1991. Arismendi, de acuerdo con el libro de Alfonso, tuvo una inesperada colaboración para derrotar a Valenti: la de “los espías” de inteligencia militar.

 

En abril de 1991, “los llamados desde el Ministerio de Defensa Nacional y de la Presidencia de la República (a los servicios de inteligencia) eran constantes”, relata el libro. En ese momento, el presidente era el blanco Luis Alberto Lacalle y Mariano Brito era el titular de la cartera de Defensa. Desde sus oficinas querían saber si estaba en marcha alguna “operación” contra el Partido Comunista. Pero el “silencio” fue la respuesta, relata el libro de Alfonso.

 

“Sí, había una operación de inteligencia contra el PCU. ¡Tremenda operación! Tenía como objetivo impedir que Valenti fuera electo secretario departamental de Montevideo del PCU!”, agrega.

 

De acuerdo al autor, “un grupo de militares entendió que había llegado el momento de dar una mano a los comunistas ortodoxos en una difícil contienda electoral capitalina, donde la poderosa línea renovadora era claramente la favorita”.

 

En la inteligencia militar analizaban -relata el libro- que “proyectando el sostenido crecimiento electoral del Frente Amplio, todo apuntaba a que alcanzaría el gobierno nacional en 1994, máxime después de conquistar la Intendencia de Montevideo de 1989.

 

Conociendo el peso del PCU desde la fundación del FA se identificó que ‘el cambio de renovación que estaba promoviendo Valenti era removedor. Carlos Marx con vaquero, la caída del muro de Berlín, abajo todos los muros, la corriente euro comunista’. Valenti iba directamente a la conquista del PCU, al cargo de secretario general -que en ese momento ostentaba Jaime Pérez- y se sabía que había decidido disputar la Departamental de Montevideo”.

 

En cambio, tanto los militares como los informantes comunistas, dice el autor, veían en Marina Arismendi “un cuadro gris, que existía en esa época por su apellido, pero que nunca existió en los planes de su padre”.

 

Como “levantar la popularidad de Marina Arismendi era casi imposible”, señala la investigación de Alfonso, “con el apoyo de comunistas ortodoxos y ex dirigentes expulsados”, la inteligencia militar comenzó “a planificar pequeñas operaciones de propaganda y psicológicas”.

 

“La primera tarea fue profundizar y radicalizar la brecha entre renovadores y ortodoxos, tratando de asociar la renovación con la traición. Los renovadores pretendían que no se discutieran determinados temas que eran tabú para el PCU como la clandestinidad y los cuadros que cooperaron con las Fuerzas Conjuntas. La masa reclamaba lo contrario”, relata.

 

El libro cuenta además que se redacta un “documento de autocrítica”, que se suponía había sido elaborado por “dirigentes que estaban disconformes en esos días con el PCU”.

 

Ese texto fue enviado a dirigentes comunistas contrarios a la llamada renovación, que vivían en Argentina, Estados Unidos y Europa y luego volvió a Uruguay. La operación resultó exitosa para los servicios ya que se “organizaron una serie de reuniones contra el pensamiento de la dirección para discutir el documento”.

 

“Con el correr de las semanas el complot contra Valenti siguió a gran escala. Se utilizaron fechas sentidas del PCU para pintar muros especialmente en zonas de gran arraigo comunista como el Seccional 20. (…) Hubo un hecho clave, se diseminaron actas de interrogatorios de comunistas detenidos en las unidades militares durante la dictadura. Algunos de primera mano constataron que habían sido delatados por sus compañeros”, señala el libro.

 

La triunfante lista del ala “ortodoxa” estaba integrada por Marina Arismendi, Daniel Banína, Pedro Balbi, Carlos Tutzó, Hermes Millán, Daniel Berruti, Washington Puchetta y Alicia Pintos, entre otros.

 

La lista “renovadora” encabezada por Esteban Valenti incluía además, entre otros dirigentes, a Luis Garibaldi, Daniel Mesa, Rafael Sanseviero, Ernesto Murro, Dari Mendiondo, William Masdeus, Eduardo Scopice y Esteban Núñez.

 

El triunfo de Marina Arismendi “cambió la historia del PCU y del Frente Amplio” porque “la izquierda debió esperar hasta el año 2004 para llegar al gobierno”, remarca la investigación de Alfonso.

 

Los informantes. Según el libro, dirigentes del PCU también aportaron datos, además de a inteligencia militar, al Servicio de Información de Defensa (SID) y a los tupamaros.

 

Integrantes del PCU elaboraron antes del golpe de Estado en 1973 “un informe para el SID con el propósito de desprestigiar a grupos de tendencia a la extrema derecha o la derecha cuando el coronel del Ejército, Ramón Trabal, dirigía esa oficina”, señala la investigación.

 

En “Secretos del PCU”, el autor cuenta cómo en 1972 un agente policial que actuaba en la Dirección Nacional de Información e Inteligencia del Ministerio del Interior  -Miguel Ángel Benítez Segovia-  era informante a sueldo del PCU.  Percibía esos ingresos “a cambio de jugosos informes y datos de personas vinculados a la guerrilla”.

 

También Benítez “entregó información clave de los operativos que preparaba la DNII contra el MLN-que estaba en su apogeo”. El manejo de esa información, según Alfonso, no siempre seguía el mismo patrón.  Contrario al accionar violento de los tupamaros, el secretario general del PCU de la época, Rodney Arismendi, “manejaba a su antojo” esos datos. “Si convenía políticamente para los intereses del Partido alertaba a los tupamaros. Otras veces no avisó, dejó actuar a la Policía”, consigna el texto.

 

El pase a retiro de Seregni y su ‘apego a la Masonería’

 

Una carta incluida en el libro “Secretos del PCU” prueba, según el autor del trabajo Alvaro Alfonso, que el fallecido ex presidente del Frente Amplio, el general Líber Seregni, “abandonó el Ejército producto de su apego a la Masonería” y no por “la política represiva impulsada contra militantes de izquierda” desarrollada por el gobierno de Jorge Pacheco Areco (1967-1972). “La prueba documental muestra claramente que el presidente histórico del FA se molestó por un artículo de la Rendición de Cuentas del año 1967, impulsada por Pacheco Areco”, señala el periodista Alfonso en su investigación.

 

Precisa que el 6 de noviembre de 1968, Seregni envió una carta a Pacheco pidiendo su pase a retiro porque en la Rendición de Cuentas se dio autorización al Ministerio de Defensa Nacional “a permutar con el Arzobispado de Montevideo diversos predios”.

 

El periodista afirma que a juicio de Seregni la decisión que tomó Pacheco Areco “se contrapone totalmente con cualquier pensamiento masónico, por favorecer a la Iglesia Católica”.-

 

 

Servicio de Difusión Selectiva de FLASHES Culturales

 

EL PARTIDO DE LA REACCION EN ESTADOS UNIDOS

Monday, April 28th, 2008

Primero de una serie

Por Armando de Armas  

El Demócrata es el partido de la reacción en Estados Unidos. Ningún problema con la reacción. El problema estaría en la estafa, casi siempre mediática, de venderse a todo trance, y a veces en trance, como partido progresista en tanto los hechos demostrarían exactamente lo contrario.

Veamos la historia. Abraham Lincoln (12 de febrero de 180914 de abril de 1865) fue el décimosexto Presidente de Estados Unidos y el primero por el Partido Republicano. Como un fuerte y decidido oponente a la expansión de la esclavitud, Lincoln ganó la nominación de su partido en 1860 y resultó elegido presidente de la nación a finales de ese año. Durante su período presidencial ayudó a preservar la unidad del país derrotando en la Guerra Civil, ¡con ferocidad hay que decir!, a los secesionistas y esclavistas Estados Confederados de América; integrados por los once estados del Sur que proclamaron su independencia. El partido de los secesionistas y esclavistas, aclaremos, no era otro que el Demócrata. Luego entonces, el Partido Demócrata luchó en esa guerra para extender la esclavitud, y no sólo eso, sino que después de la contienda estableció las Leyes Jim Crow, los Códigos Negros y otras leyes represivas para negar derechos a los negros americanos. En ese contexto es que se funda en 1865 la primera célula del legendario y tenebroso Ku Klux Klan, constituido por veteranos del Ejército Confederado que, después de la Guerra de Secesión, quisieron resistirse a la Reconstrucción; periodo de 10 años durante el cual se le dio un poder político sin precedentes a los afroamericanos.

 

 

Es bueno aclarar que el Ku Klux Klan fue financiado, apoyado y promovido por las élites sureñas del Partido Demócrata y no vino a ser formalmente disuelto sino hasta 1870, por el Presidente republicano Ulysses S. Grant y a través del Acta de derechos civiles de 1871. A partir de este año y hasta 1930, en un esfuerzo para negarles los derechos civiles y evitar que votasen a favor de los republicanos, miles de afroamericanos fueron baleados, golpeados, linchados, mutilados e incinerados vivos por los miembros, ahora clandestinos, del Klan, y algo aún peor, más adelante los presidentes demócratas, Franklin D. Roosevelt y Harry Truman, rechazarían consistentemente las denominadas leyes contra los linchamientos, por un lado, y por el otro, los intentos con vista a que se estableciera una Comisión para los Derechos Civiles que permanentemente velara en el sentido de evitar las fragrantes violaciones a los derechos de los negros.

 

En otro sentido, es obra del Partido Republicano el logro de las enmiendas constitucionales 13, 14 y 15 que garantizarían a los negros estadounidenses la libertad, la ciudadanía y el derecho al voto, además del Acta de los Derechos Civiles de 1866 y 1875 que prohíbe la discriminación racial en los lugares públicos. Los republicanos pasaron también el Acta de Derechos Civiles de 1957, de 1964 y 1965 a favor de los afrodescendientes y contra las Leyes Jim Crow, y establecieron además los programas de Acción Afirmativa que ayudarían a prosperar a los negros. Programas que fueron propuestos por el presidente republicano Richard Nixon, en el llamado Plan de Filadelfia de 1969 que abrió el paso en 1972 al Acta de Oportunidades igualitarias de Empleo, lo que haría ley de la nación los Programas de Acción Afirmativa. Ni siquiera se trata, puntualicemos, de que la Acción Afirmativa sea algo verdaderamente progresista para los negros, asunto en verdad muy debatible, se trata, en definitiva, del rédito que indebidamente obtienen los demócratas por algo que le corresponde, más que nada, a los republicanos.

Se pretende un partido demócrata que habría comenzado siendo reaccionario y terminado progresista, y un partido republicano que habría comenzado siendo progresista y terminado reaccionario. Esa mágica metamorfosis ocurriría, definitoriamente, con la atribución al Partido Demócrata y al presidente John F. Kennedy de la aprobación de la ley de los Derechos Civiles de 1964. No obstante deberíamos analizar, más allá del mito, lo realmente sucedido. En 1957 Kennedy, consecuente con la práctica tradicional de su partido, votó en contra de la Ley de Derechos Civiles, y en 1963 se opuso a la masiva marcha (participarían unas 200 000 personas) dirigida por  el Dr. Martin Luther King Jr. en Washington. Más tarde el Dr. King criticaría duramente a Kennedy por ignorar la causa de los derechos civiles de los afroamericanos.

 

 

La ley de los Derechos Civiles de 1964 (Civil Rights) fue aprobada en el Congreso por 290 votos a favor y 130 en contra. De los republicanos, el 80 por ciento votó a favor de la ley. De los demócratas, el 61 por ciento hizo otro tanto. Quiere esto decir que sólo el 20 por ciento de los republicanos votó en contra de los negros, mientras que los demócratas lo hicieron en un 39 por ciento: el doble, menos un punto. En el senado la votación fue de 73 a favor de la ley que favorecía a los negros y 27 en contra. Nada más que seis republicanos votaron en contra de la ley, frente a 21 demócratas que hicieron lo mismo. El 2 de julio de 1964 el presidente demócrata Lyndon B. Jonson firmó la ley que, finalmente, ponía en el papel los derechos de igualdad de todos los ciudadanos en este país. Estas cifras, desde cualquier ángulo que se les mire, parecen apuntar a que sería más apropiado, o más justo, decir que la ley de los Derechos Civiles de 1964 se aprobó no por los demócratas, sino a pesar de los demócratas. Entrevistado por el autor para este trabajo, el congresista federal republicano Lincoln Díaz-Balart ha dicho que requirió gran coraje político de parte de Lyndon B. Johnson lograr las importantes leyes de 1964 y 1965 y que Kennedy no logró nada en ese sentido. Agrega también Díaz-Balart que Johnson antes de ser presidente no había apoyado los derechos de los afroamericanos, pero que sí fue clave su liderazgo ya como presidente para las leyes del 64 y el 65. Es bueno aclarar, en aras del balance, que el oponente republicano de Jonson en la elecciones de 1964, y autor de una obra cumbre del conservadurismo norteamericano: The Consciente of a Conservative (Conciencia de un conservador), Barry Goldwater, se oponía también decididamente a las leyes del 64 y el 65.

 

 

Digamos además que el senador demócrata Robert Byrd, de West Virginia, un ex miembro del Ku Klux Klan, desarrolló un discurso dilatorio, denominado filibustero en la jerga legislativa, en el Senado y en junio de 1964, en un desesperado esfuerzo por bloquear el paso del Acta de Derechos Civiles de 1964. No obstante, cosas veredes, el senador Byrd fue ensalzado en abril del 2004 por el senador demócrata Cristopher Dodd como alguien que, de tener la oportuidad, habría sido durante el transcurso de la Guerra Civil, no un simple participante, que con chiquitas no se andan, sino un gran líder a favor de la causa, ¿de los esclavistas dijo?, no, hombre, qué va, de los esclavos. Eso dijo Dodd, pretendiendo desconocer olímpicamente la historia. Por cierto que Byrd, de 89 años, ha sido un recio crítico de la guerra en Irak, lo que no está mal, la verdad, acorde con su historial reaccionario. Por cierto, también, que entre los demócratas que en 1964 votaron oponiéndose al Acta de los Derechos Civiles estaba el senador Al Gore, padre de ese otro Al Gore que fuera vicepresidente en la época de Bill Clinton, y Premio Nobel de la Paz en el presente, gracias a su empeño, ¡denodado y heroico hay que decir!, por salvar al planeta tierra de los gases invernaderos y los malvados capitalistas.

 Ningún problema con la reacción, repitamos. El problema está en las cartas trucadas, en jugar con las cartas trucadas. En ofender la inteligencia de los votantes. El problema está en la demagogia.

 

 

Desambiguación

Monday, April 28th, 2008

Por Emilio Ichikawa

Desambiguación o “disambiguation” se llama al proceso a través del cual se van separando elementos efectivamente diferentes pero que en la red informática acuden como si fueran semejantes.  Por ejemplo, si utilizamos el buscador www.google.com y marcamos, con o sin comillas, el ítem CUBA LIBRE, puede salir lo mismo un tipo de cóctel, el nombre de un restaurante o un central, una organización anticastrista o un lema de Fidel Castro. Desambiguar es entonces, a grandes rasgos, el ejercicio de poner las cosas en su sitio. Como dice la palabra, eliminar en lo posible la ambigüedad de los términos.

En el universo textual contemporáneo la ambigüedad se expresa claramente en la coincidencia de la discursividad ideológica. Razones de marketing, o de sentido común, o simplemente de tradición hacen que aún los políticos más opuestos se identifiquen con las mismas palabras puestas disciplinadamente unas detrás de las otras. De ahí que, antes de tomar partido por una posición, es preciso desambiguar el significado. Tomemos tres asuntos de actualidad: la guerra, el problema ambiental y las Olimpiadas en China.

 Salvo casos muy extremos, no es común escuchar a alguien decir que ama la guerra y que desea que mueran jóvenes y civiles en los combates. Al contrario, todos los parlantes, incluyendo a quienes hacen la misma guerra, aseguran proceder en favor de la paz. La guerra es presentada generalmente como un gesto defensivo avalado por una guerra anterior. Y esto no importa el partido que lo haga ni la tradición intelectual del líder que la convoque. Lo mismo sucede con la protección ambiental. Todos los líderes políticos exhiben una vida sana, vegetariana, posan con sus mascotas y condenan la degradación ecológica. Nadie dice, por situar un ejemplo de actualidad, que hay que matar a los lobos sino que hay que proteger a los alces. Es decir, aún cuando las posiciones en torno a este asunto específico sean contrapuestas, el discurso es el mismo. En cuanto al boicot a la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos en China (no se habla de las competencias en sí) la demagogia es la misma: no politizar el deporte. Todas las partes coinciden en esto, difieren, no obstante, en si es China quien politiza, la oposición tibetana o el mismo Comité Olímpico Internacional.

La ambigüedad discursiva es un elemento que se suma a todos aquellos que obstruyen la solución de los problemas de nuestro tiempo. La claridad conceptual, si no es suficiente para resolverlos, es al menos una premisa para reconocerlos.