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Por qué Israel es la víctima y los árabes los indefendibles agresores (II)

Sunday, April 27th, 2008

Por David Horowitz

El afán de destruir Israel

El conflicto de Oriente Medio no tiene que ver con una colisión de derechos. Se trata de un intento de los árabes, prolongado durante más de cincuenta años, para destruir el estado judío, de la negativa de los estados árabes en general y de los árabes palestinos en particular a aceptar la existencia de Israel Si los árabes estuvieran dispuestos a reconocer a Israel, no habría territorios ocupados y existiría un estado palestino. Incluso durante proceso de la paz de “Oslo” -cuando la organización de la liberación de Palestina pretendió reconocer la existencia de Israel y los judíos, por tanto, permitieron la creación el “Autoridad Nacional Palestina” estaba claro que la meta de la OLP era la destrucción de Israel, no sólo porque su líder invocara el engaño del profeta Mahoma. El propósito palestino de destruir Israel está perfectamente claro en su nueva exigencia del “derecho al retorno” a Israel de “5 millones” de árabes. La cifra de 5 millones de refugiados que deben volver a Israel es más de diez veces superior al número de árabes que realmente abandonaron en 1948 los territorios judíos del Mandato británico.

Además de absurda, esta nueva demanda tiene varios aspectos que revelan la agenda genocida que los palestinos reservan para los judíos. El primero es que el “derecho al retorno” es en sí mismo una burla intencionada a la principal razón de la existencia de Israel -el hecho de que ningún país ofreció refugio a los judíos que huyeron del programa de exterminación de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Es sólo a causa de que el mundo dio la espalda a los judíos cuando su supervivencia estaba en juego por lo que el estado de Israel concede un “derecho al retorno” a todo judío que lo solicite.

No hay ninguna amenaza genocida contra los árabes, tampoco les falta apoyo económico y militar internacional ni existe “diáspora palestina” de ninguna clase (aunque los palestinos se han apropiado cínicamente del mismo término para describir la crítica situación en que ellos mismos se han colocado). El hecho de que muchos árabes, incluyendo el líder espiritual palestino -el Gran Mufti de Jerusalén- apoyaran la “solución final” de Hitler no hace sino incrementar la magnitud del insulto, agravado aún más por el hecho de que el 90 por ciento de los palestinos que hoy viven en Gaza y Cisjordania jamás vivieron un solo día de sus vidas en territorio de Israel. La demanda de un “derecho de la vuelta” es pues poco menos que una descarada manifestación de desprecio hacia los judíos y sus sufrimientos a través de la Historia.

Y lo que es más importante, se trata de una expresión de desprecio hacia la misma idea de un estado judío. La incorporación de cinco millones de árabes en Israel pondría a los judíos en situación de minoría permanente en su propio país, y significaría el fin de Israel. Los árabes lo saben perfectamente, y esa es la razón por la que la han convertido en una exigencia fundamental. Se trata, tan sólo, de un caso más de la mala fe que en general que el bando árabe ha manifestado en cada capítulo de estos trágicos sucesos.
Posiblemente la expresión más llamativa de esta mala fe de los árabes es el deplorable tratamiento que brindan a los refugiados y la negativa, durante medio siglo, a realojarlos o a aliviar su situación, incluso durante los años en que estuvieron bajo el dominio de Jordania. Mientras que Israel hacía florecer el desierto y realojaba a 600.000 refugiados judíos procedentes de estados árabes y construía una democracia industrial próspera en los territorios que le fueron asignados, los árabes se ocupaban en asegurarse de que sus refugiados permanecieran en minúsculos campos en Cisjordania y Gaza indefensos, sin derechos y en condiciones paupérrimas.

Hoy, cincuenta años después de la primera guerra árabe contra Israel, hay 59 de esos campos y 3,7 millones de “refugiados” registrados por la ONU A pesar de ayuda económica de las Naciones Unidas y del propio Israel, a pesar de la abundancia de petróleo de los reinos árabes, los líderes árabes se han negado a hacer esfuerzo alguno para sacar a los refugiados de sus miserables campos o para acometer inversiones económicas que alivien su situación. Existen actualmente 22 estados árabes que podrían proporcionar hogares para una población del mismo origen étnico y que habla la misma lengua árabe. Pero el único que permite que los árabes palestinos adquieran la nacionalidad es Jordania. Y el único estado que los palestinos ambicionan es Israel.

La política del resentimiento y del odio

La negativa a abordar la situación de los refugiados palestinos es -y ha sido siempre- una política árabe intencionada, cuyo objetivo es mantener a los palestinos en estado desesperación para incitar su odio hacia Israel y provocar guerras. Para no dejar nada al azar, las mezquitas y las escuelas árabes en general -y las de los palestinos en particular- predican y enseñan todos los días el odio a los judíos. En las escuelas primarias palestinas incluso se enseña a los niños a cantar “muerte a los judíos paganos” en las aulas cuando aprenden a leer. No hay que olvidar que estas políticas paralelas de la pauperización (de los árabes palestinos) y del odio (hacia los judíos) tienen lugar sin que medie protesta alguna por parte de ningún sector de la sociedad palestina o árabe. En sí mismo, esto dice muchísimo sobre la naturaleza del conflicto en Oriente Medio.

Todas las guerras -sobre todo si se han prolongado por espacio de cincuenta años- producen injusticias y víctimas en ambos lados, y esta guerra no es la excepción. Muchas son las víctimas individuales, tanto palestinas como judías, tal y como puede apreciarse en los noticiarios de cada noche. Pero no puede hablarse de injusticia contra el pueblo palestino, pues en todo caso se trata de un agravio que ellos mismos se han infligido a sí mismos, producto de la xenofobia, del resentimiento y de la explotación que los árabes han practicado con su propia gente; así como de su evidente incapacidad para ser generosos y tolerantes con quienes no son árabes. Mientras que Israel es una sociedad abierta, democrática y multiétnica que incluye a una gran minoría árabe que goza de derechos civiles y políticos, la Autoridad Palestina es un estado intolerante, antidemocrático, monolítico y policial, con un líder dictatorial cuya letal carrera dura ya 37 años.

Cualquier observador razonable puede advertir que la causa de las actitudes repugnantes, los métodos criminales y las metas deshonestas del movimiento de liberación de Palestina tiene su origen en el odio a los judíos y en el resentimiento del moderno Occidente democrático. Puesto que no había nación palestina antes de la creación de Israel, y puesto que los palestinos se consideraban a sí mismos simplemente como árabes y a su tierra como parte de Siria, no es sorprendente que muchos de los principales creadores de la OLP ni siquiera vivieran en el Mandato de Palestina antes de la creación de Israel; menos aún en la franja, mayormente desértica, que fue asignada a los judíos. Edward Said, el principal portavoz intelectual de la causa palestina, creció en una familia que decidió asentarse en Egipto y en Estados Unidos. Yasser Arafat nació en Egipto.

Los mismos estados árabes que dicen estar ultrajados por el tratamiento que los judíos dan a los palestinos, tratan a sus propias poblaciones árabes mucho peor de lo que los árabes son tratados en Israel, al tiempo que también callan acerca de la mayoría palestina que vive en Jordania sin derechos civiles. En 1970, rey Hussein de Jordania masacró a millares de militantes de la OLP. Pero la OLP no exige el derrocamiento de la monarquía hachemita de Jordania ni dedica a ella su odio. Lo reserva para los judíos.

Es más, se trata de un odio cada vez más mortal. Hoy, el 70 por ciento de los árabes de Cisjordania y Gaza aprueban que mujeres y niños se suiciden convirtiéndose en bombas humanas si las víctimas son judías. No existe movimiento alguno por una “paz inmediata”, al contrario que Israel, donde los partidarios de hacer concesiones a la exigencias árabes en nombre de la paz son una fuerza política formidable. No hay ningún portavoz árabe que hable a favor de los derechos de los judíos y denuncie sus sufrimientos, pero hay cientos de miles de judíos en Israel -y en todo el mundo- que sí piden “justicia” para los palestinos ¿Cómo pueden los judíos esperar justicia de una gente que, en su conjunto, ni siquiera los considera como seres humanos?

Una faz falsa

El proceso de paz de Oslo, iniciado en 1993, se basó en el compromiso de ambas partes de renunciar a la violencia como medio para resolver su conflicto. Pero los palestinos nunca han renunciado a la violencia, y en el año 2000 lanzaron oficialmente una nueva intifada contra Israel que abortó el proceso de paz.

De hecho, durante el proceso de paz -entre 1993 y 1999- tuvieron lugar alrededor de 4.000 actos terroristas cometidos por palestinos, que causaron la muerte a mas de 1.000 israelíes -una cifra superior a la de los últimos 25 años en conjunto. En cambio, durante ese mismo periodo, los israelíes ansiaban tanto la paz que respondieron a esos asesinatos otorgando a los palestinos un gobierno autónomo en Cisjordania y Palestina, una “policía” de 40.000 hombres armados y el 95 por ciento del territorio que sus negociadores exigían. Esta generosidad israelí fue recompensada con el rechazo de la paz, con atentados suicidas en discotecas y centros comerciales abarrotados, con una efusión de odio racial y con una nueva declaración de guerra.

Lo cierto es que los palestinos rompieron los acuerdos de Oslo precisamente a causa de la generosidad israelí, porque el gobierno de Ehud Barak ofreció satisfacer el 95 por ciento de sus peticiones, incluido el control de algunas zonas de Jerusalén -una posibilidad antaño impensable. Estas concesiones hicieron a Arafat enfrentarse al único resultado que el no deseaba: la paz con Israel. La paz sin la destrucción del “ente judío”.

Arafat expresó su rechazó a estas concesiones israelíes con una nueva explosión de violencia antijudía, a la que dio el engañoso nombre de “Intifada de Al-Aksa” por la mezquita que está situada en la explanada del Templo. Su nueva jihad recibió el nombre de este lugar sagrado de los musulmanes para crear la ilusión de que el origen de la intifada estaba, no en su ruptura unilateral del proceso de paz de Oslo, sino en la visita de Ariel Sharon a la explanada de las mezquitas. Meses después de que comenzara la nueva intifada, la propia Autoridad Palestina reconoció que ésta no era sino otra de las mentiras de Arafat.

De hecho, la intifada había sido planeada unos meses antes de la visita de Sharon como el siguiente paso al rechazo del acuerdo de Oslo. En palabras de Imad Faluji, el ministro de comunicaciones de la Autoridad Palestina, “[la sublevación] había sido planeada desde el regreso del presidente Arafat de Camp David, cuando dejó con dos palmos de narices al anterior presidente de EEUU [Clinton] rechazando las condiciones americanas”. La Comisión Mitchell, dirigida por el ex senador de los EEUU George Mitchell para investigar los hechos, llegó a la misma conclusión: “no fue la visita de Sharon lo que provocó la intifada de Al-Aksa”

Distinciones Morales

Para analizar el callejón sin salida de Oriente Medio es importante prestar atención a las diferencias que en el orden moral revelan las acciones de los dos bandos. Cuando un desequilibrado judío entra en una mezquita para matar a los que allí rezan (sucedió en una sola ocasión), actúa en solitario y recibe la condena tanto del gobierno israelí como de los judíos de dentro y fuera Israel, recayendo sobre él todo el peso de la ley israelí. Pero cuando un joven árabe entra en una discoteca llena de adolescentes, en un centro comercial o en un autobús abarrotado de mujeres y niños y se suicida volando consigo a personas inocentes (lo que sucede con frecuencia), se trata de alguien que ha sido entrenado y enviado por un miembro de la OLP o de la Autoridad Palestina; Yasser Arafat le elogia oficialmente como héroe; la Autoridad de Palestina da dinero a su madre y sus vecinos árabes rinden honores al hogar que produjo un “mártir para Alá”. El movimiento de liberación palestino es el primero que eleva la matanza de niños -los suyos y los del enemigo- a la categoría de vocación religiosa y de estrategia al servicio de su causa.

No sólo son moralmente repugnantes los métodos del movimiento de liberación palestino. La misma causa palestina es en sí misma inmoral. El “problema palestino” es un problema creado por los árabes, y sólo ellos pueden solucionarlo. En Jordania, los palestinos tienen ya un estado en el cual son una mayoría, pero éste les niega la autodeterminación. ¿Por qué no es Jordania el objeto de la lucha de “liberación” palestina? La única respuesta posible es porque no está gobernado por judíos.

Existe una famosa “línea verde” que marca el límite entre Israel y sus vecinos árabes. Esa línea verde (de envidia) es también la línea maestra para entender cuál es el verdadero problema en Oriente Medio. Es verde porque las plantas crecen en el desierto en el lado israelí pero no en el lado árabe. Los judíos obtuvieron una franja de tierra sin petróleo, y crearon riqueza y vida abundante en todas sus variadas formas. Los árabes obtuvieron nueve veces más de tierra cultivable, pero todo lo que han hecho con ella es sentarse sobre su aridez y fomentar la pobreza, el resentimiento y el odio de sus habitantes. Además de esto, han creado y perfeccionado el terrorismo más vil e inhumano que jamás se haya visto: los atentados suicidas contra la población civil. De hecho, los palestinos son una comunidad de terroristas suicidas: desean la destrucción de Israel más que disfrutar de una vida mejor.

Si un estado-nación es todo lo que los palestinos desean, Jordania sería la solución (colmaría el 95 por ciento de sus demandas). Pero los palestinos también desean destruir Israel. Esto es moralmente execrable. Es la resurrección del virus nazi. Sin embargo, la causa palestina recibe el apoyo generalizado de la comunidad internacional, con la única excepción de los Estados Unidos (y, en menor medida, de Gran Bretaña). Es precisamente porque los palestinos desean destruir el estado que los judíos han creado -y porque matan judíos- por lo que gozan de credibilidad internacional y de una ayuda que, en otro caso, sería inexplicable.

De nuevo el problema judío

Es esta resistencia internacional a la causa de la supervivencia judía, la persistencia del odio generalizado hacia los judíos, lo que, en último término, refuta la esperanza sionista de una solución al “problema judío”. La creación de Israel es la historia de un impresionante logro humano. Pero la guerra permanente para destruirlo socava la idea sionista original.

Más de cincuenta años después de la creación de Israel, los judíos siguen siendo el grupo étnico más odiado del mundo. Los radicales islámicos desean destruir Israel, pero también lo desean los musulmanes moderados. Para los judíos de Oriente Medio, el actual conflicto es una lucha a vida o la muerte, aunque todos los gobiernos presentes en las Naciones Unidas, con la excepción de los Estados Unidos y, a veces, Gran Bretaña, votan en contra de Israel, que se enfrenta a un enemigo terrorista que no respeta la vida o los derechos de los judíos. Después de que Al Qaeda atacara las torres gemelas, el embajador francés en el Reino Unido se quejaba de que el mundo entero se hallaba en peligro por culpa de “esa mierdosa nacioncilla”, Israel. Esto causó un escándalo en Inglaterra, pero en ningún otro lugar más. Todo lo que separa a los judíos de Oriente Medio de un nuevo Holocausto es su propia valentía y pericia militar y el generoso y humanitario apoyo de los EEUU.

Aunque, incluso en Estados Unidos, pueden verse canales de televisión como MSNBC o CNN donde se presenta a Ariel Sharon, un primer ministro elegido democráticamente, en plano de igualdad moral y política con Yasser Arafat, que es un dictador, un terrorista y un enemigo de los Estados Unidos. Puede verse esa misma equivalencia establecida entre la democracia israelí y la Autoridad Palestina, una entidad terrorista aliada de Al Qaeda y de Irak, enemigos de Estados Unidos.

Durante la Guerra del Golfo, Israel fue leal aliado de América, mientras que Arafat y los palestinos apoyaron abiertamente al agresor, Saddam Hussein. Sin embargo, los dos gobiernos norteamericanos posteriores -tanto demócratas como republicanos- se afanaron por mantenerse “neutrales” en el conflicto de Oriente Medio y presionaron a Israel para que entrase en un suicida “proceso de paz” con un enemigo que busca su destrucción. Es sólo después del 11-S cuando los Estados Unidos han acabado por reconocer que Arafat es un enemigo de la paz y un interlocutor inviable para una negociación.

Los esfuerzos de los sionistas crearon una próspera democracia para los judíos de Israel (y también para el millón de árabes que viven en Israel), pero fracasaron en su objetivo de regularizar la situación del pueblo judío o de procurarles seguridad en un mundo que los odia. Desde el punto de vista del “problema judío”, que Herzl y los fundadores del sionismo intentaron resolver, hoy es mejor ser judío en América que en Israel.

Esta es una razón por la que no soy sionista sino un apasionado e inequívoco patriota americano. América es buena para los judíos como lo es también para cualquier otra minoría que acepte su contrato social. Pero también explica por qué soy un vehemente partidario de la supervivencia de Israel y por qué no tengo simpatía alguna por el bando palestino. Ni la tendré hasta que llegue el día en que pueda mirar a los ojos de los palestinos y ver algo distinto a ese anhelo homicida contra judíos como yo.

Los hijos de Húrin y el origen de los tiempos

Saturday, April 26th, 2008

Nataly Villena Vega

 

Nataly Villena Vega (Cuzco, Perú, 1975) es doctora en literatura comparada por la Universidad París III, Sorbonne Nouvelle y especialista en literatura latinoamericana, imagología, mediación cultural y cosmopolitismo. Ha publicado diversos artículos acerca del neo-fantástico. Es también autora de la novela Azul (2004), tiene cuentos publicados en diferentes revistas y antologías. Es editora de noticias de Literaturas.com

Los hijos de Húrin y el origen de los tiempos

Quien crea encontrarse frente a una novela enteramente desconocida de John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) se equivoca. Los hijos de Húrin (Ed. Minotauro, 2007) es producto de una paciente labor de reconstrucción llevada a cabo por Christopher Tolkien después de 33 años de la muerte de su padre. De ahí, pues, el carácter singular de este libro – aunque no sea en realidad el primero en haber sido publicado después de su muerte y previa edición, pues El Silmarillion apareció bajo el mismo procedimiento en 1977. El libro, además, viene ilustrado por Alan Lee, que había realizado el mismo trabajo para El Señor de los anillos y Bilbo el Hobbit.Uno se pregunta hasta qué punto la edición interviene en la naturaleza de un texto. La duda es despejada por el propio editor: “Después de un largo estudio de los manuscritos, he intentado construir un texto coherente sin invención editorial”, escribe Christopher Tolkien en la página web dedicada a la obra de su padre. Desde este punto de vista, estaríamos frente a un trabajo en el que Christopher Tolkien hace realidad el deseo de su padre de escribir una historia independiente acerca de la descendencia de Húrin.

Más que un collage, este libro es una suerte de integración narrativa de los distintos pasajes relativos a la historia de los hijos de Húrin en un solo texto completo de continuidad cronológica. Esta historia se encuentra parcialmente en El Silmarillion (junto a Beren y Lúthien y La caída de Gondolin) y Cuentos Inconclusos – segundo tomo del Libro de los Cuentos Perdidos. El resto de episodios provienen de textos que Tolkien dejó inconclusos.

Los hijos de Húrin corresponde a la primera etapa en el trabajo de Tolkien, quien a pesar de haber comenzado por la autobiografía, abandonó rápidamente dicha vía para entrar definitivamente en el género de la fantasy, que consideraba una literatura de evasión capaz de emocionar profundamente al lector.

Entre 1916 y 1917, comienza a escribir El libro de los Cuentos Perdidos, introduce ya la Tierra Media y redacta las primeras versiones de las leyendas del Silmarillion. Algunos años más tarde, entre 1920 y 1925, Tolkien escribe el libro de Los hijos de Húrin que abandona para ocuparse del The Lays of Leithian. En 1977 se publica finalmente El Silmarillion, comprendiendo algunas leyendas que serán integradas en Los hijos de Húrin: el Ainulindalë, el Valaquenta, el Quenta Silmarillion, y dos piezas independientes el Akallabeth y Of the Rings of Power and the Third Age.

Este libro es distinto a los que Tolkien publicó en vida. Es un texto ambicioso que se sitúa cronológicamente cientos de años antes de la historia contada en El señor de los anillos, cerca del final de la Primera Edad. Los hijos de Húrin es el relato del inicio de la Tierra Media. Podría entonces afirmarse que estamos frente al texto fundador de una saga. Es también uno de los más narrativos: la trama es compleja y ambiciosa, hay un formidable trabajo en los diálogos y un aliento épico fuera de lo común. La trama se sitúa en el contexto de la guerra contra Morgoth a la que algunos personajes hacen alusión en El señor de los anillos. La historia cuenta la implicación de los hombres en esta confrontación a través de la historia de Húrin y la de su hijo Túrin Turambar, pertenecientes a la casa Edain de Hador de Dor-lómin.

Empieza cuando Húrin se enfrenta a Morgoth, fuerza poderosa y maléfica, en la Batalla de las Lágrimas Innumerables y es hecho prisionero. Capturado, desafía a Morgoth quien lanza una maldición sobre su descendencia. El libro entero gira casi exclusivamente en torno a la vida de Túrin.

Seguimos, pues, la primera infancia de Túrin en Dor-lómin, reino de Húrin y Morwen, hasta que éste es asediado. Acompañamos a Túrin durante su viaje y exilio en Doriath, territorio de los elfos, donde Thingol y Melian lo hacen su hijo adoptivo. Morwen se queda con su hija Niënor, demasiado joven para enfrentar tan duro viaje. Túrin no volverá a verla hasta que se haya convertido en una jovencita.

Túrin se convierte en un guerrero imbatible y lucha contra los orcos en las fronteras de Doriath, pero una riña degenera en la muerte accidental de un elfo, que le obliga a auto-exilarse. Sin embargo, aunque su compañero de lucha Beleg parte en su búsqueda para anunciarle que ha sido perdonado por el Rey Thingol, Túrin se deja llevar por el orgullo y decide quedarse con la banda de los sin-ley a la que se ha unido. Junto a Beleg, Túrin la convierte en una suerte de guerrilla dispuesta a luchar contra los Orcos de Molgorth, sin embargo, al ser traicionados, la banda es aniquilada y Túrin hecho prisionero. Beleg va a rescatarlo a la caída de la noche, pero Túrin, quien no imagina lo que sucede, lo mata por error.

Luego, se dirige al reino de los elfos de Nargothrond, donde se convierte en un gran líder guerrero, uniendo fuerzas contra Morgoth durante mucho tiempo. A pesar de ello Nargothrond es invadido por los orcos, dirigidos por el dragón Glaurung. El dragón engaña a Túrin instándolo a volver a su casa en búsqueda de su madre y hermana. Así, la elfa Findulias, quien estaba enamorada de él, es asesinada antes de que Túrin pueda volver a rescatarla.

Su retorno a Dor-lómin es desastroso y está rodeado de muertes. Allí se entera de que Morwen y Niënor se han ido a Doriath para estar en seguridad. Pero Túrin no desea volver al reino de Thingol, y prefiere reunir a los hombres de Brethil para luchar contra los orcos. Su madre y Niënor, la hermana que no conoce, van a buscarlo, y ella encuentra al dragón Glaurung quien utiliza su magia haciendo que pierda la memoria. Túrin la encuentra vagando por el bosque y como no la conoce, la llama Níniel y más tarde se casa con ella.

Túrin retorne y reúne a los hombres de Brethil para enfrentarse a Glaurung, quien es vencido. Antes de morir, éste revela el carácter incestuoso de la unión entre Túrin y Níniel. Ésta, sumida en el remordimiento, se da la muerte. Al descubrirlo, Túrin elige el mismo destino. El libro termina con el encuentro final entre Húrin y Morwen.

Es bien sabido que Tolkien tenía una particular predilección por la historia de la antigüedad así como por los relatos y leyendas de los primeros tiempos, y estas influencias son perceptibles en Los hijos de Húrin. Manifestó además, en numerosas ocasiones, pretender crear una mitología inglesa a la manera de las mitologías griega y romana, ambición literaria que ha sido plenamente lograda.

Hay tres aspectos que merecen destacarse en Los hijos de Húrin, en primer lugar la tentativa de creación de una “primhistoria” literaria, luego la creación de una mitología de los orígenes y finalmente la visión singular que Tolkien imprime a la figura del héroe. Aunque estos aspectos no están ausentes del resto de sus libros, reciben aquí un tratamiento particular.

El fantasy y la primhistoria

El género fantástico – y más específicamente lo que la literatura anglosajona conoce como fantasy – se nutre esencialmente de la dificultad del hombre para encontrar su identidad, su lugar en el orden natural, y finalmente el sentido de su propia vida.

Sabemos que el mito proporciona claves para comprender el mundo y que éstas ayudan a responder a cuestionamientos individuales. Desde los tiempos antiguos el hombre recurrió a los mitos y a la cosmogonía para lanzarse a esta difícil tentativa y ambos fueron tomando progresivamente la forma del cuento.

El cuento sirve entonces para codificar la relación del hombre con las fuerzas elementales o divinas. Éste tiene además cuatro funciones que Dominique Besançon define como: didáctica, lúdica, artística y social. Así, el cuento permite expresar deseos y temores, hacer una interpretación del mundo y transmitir un saber. El subgénero que mejor ha aprovechado el nexo con lo mitológico es el cuento de hadas. Este género ha mantenido vigentes algunas de sus características, como el relativo arcaísmo en la narración y sus atmósferas de corte medieval.

Sin embargo, el género ha ido evolucionando hacia textos que siguen el formato de héroes confrontados a una fuerza maligna cuyo objetivo es destruir los valores de la humanidad. El fantasy es, pues, heredero directo de la mitología. Y es también el caso de Tolkien, quien se erige hoy como uno de sus mayores representantes.

Un componente de gran interés en el fantasy es la temporalidad, ya que éste recrea reinos imaginarios situados aún en el pasado del mundo conocido, eso que algunos denominan “primhistoria”. A diferencia de la protohistoria, este término define a un pasado alternativo de la humanidad, paralelo a la protohistoria, que se funda en mitos, leyendas, religiones y tradiciones. Tolkien se plantea el desafío de construir una primhistoria vasta y coherente en la cual todos sus libros están enmarcados.

Así, El Silmarillion sitúa los hechos narrados en un tiempo muy anterior al de El señor de los anillos, siendo este último, a su vez, y según el propio Tolkien, una suerte de anticipación mitológica de lo que hoy conocemos por Inglaterra. El Silmarillion relata los primeros tiempos de la Tierra Media, que según los especialistas de Tolkien coincidiría cronológicamente con la aparición del hombre en el planeta 1 y las primeras guerras de los Eldar (los altos elfos) contra el Vala Melkor, un mal que va en aumento.

La dimensión de su tarea va todavía más lejos, pues cada una de las novelas y relatos de Tolkien forma a su vez parte de un complejo y vasto entramado de argumentos que engloba enteramente la saga que éste ha creado. Las intrigas de cada uno de sus libros se inscriben en una intriga aún mayor, la de la propia primhistoria, que inicia con El Silmarillion y termina con el último libro del Señor de los Anillos. Es la primhistoria la que garantiza la cohesión de todos los volúmenes. Las analepsis (flashbacks) y prolepsis (anticipaciones) aseguran la continuidad del ciclo. De este modo se va tejiendo una poderosa red intertextual que se apoya en referencias a hechos y lugares, así como en la constante reaparición de personajes de otras epopeyas.

La historia, entendida como el paso a través del tiempo, aparece en los libros de Tolkien como un movimiento desde la luz hacia la obscuridad y el posterior retorno a la luz. La historia de la Tierra Media está dividida en cuatro Eras. Cada una de éstas dura mil años. La Primera corresponde al Mundo Antiguo, con la creación y la pérdida de las Joyas, una en el mar, otra en la tierra y otra en 1 Cabe resaltar que Tolkien aporta referencias cronológicas al señalar que la Guerra del Anillo tiene lugar 4 000 años a. C. y 37 000 años después de la creación de Arda.

los cielos. La Segunda Era es un tiempo de batallas, los elfos exilados son conminados a quedarse en el oeste, en la isla solitaria de Eressëa, pero los hombres de las Tres Casas deben habitar en la isla perdida de Númenor. Durante este período hay una interacción entre hombres y elfos, en particular a través de Túrin Turambar y su hermana Niënor o Níniel. A esta era corresponden las leyendas de Beren y Lúthien, La Caída de Gondolin y la de Eärendil el viajero. En este mismo período Sauron aumenta su poder y las Sombras se extienden por encima de los hombres. La Segunda Caída de los hombres determina el final del Mundo Antiguo y de las leyendas, y el inicio de la Tercera Era. La Guerra del Anillo precede así la desaparición del mundo mágico, de elfos, orcos, enanos y otros, y anuncia el reino de los hombres, etapa en la que Tolkien se detiene.

La historia de Húrin y sus hijos corresponde así, en esta cronología, a un tiempo oscuro, marcado por la tragedia, en el que los protagonistas se enfrentan a un destino poderoso e ineluctable. Es además, un tiempo de batallas, de dolor y de lucha por la sobrevivencia. Las fuerzas del mal parecen acabar, uno a uno, con los pocos territorios en los que aún resisten hombres y elfos. Primero Húrin y luego Túrin Turambar protagonizan sangrientas batallas, el primero en la Batalla de las Lágrimas Innumerables y el segundo en las cruentas luchas de Doriath, Nargothrond y Brethil. A pesar de ello, el Mal persiste latente y aún cuando los enemigos son destruidos, esas victorias nada pueden en un tiempo global e irremediablemente adverso.

Tolkien proporciona, sin embargo, un alto valor simbólico a los actos individuales dentro de la primhistoria. Aunque el destino de las sociedades sea determinado por fuerzas demasiado poderosas para que un solo hombre pueda hacerles frente, los actos de resistencia cotidianos harán que se mantenga la esperanza e irán minando progresivamente las fuerzas del mal hasta la llegada de una nueva era. Del mismo modo, todo acto contrario a la virtud tendrá una consecuencia globalmente nefasta. De este modo, Tolkien incorpora el destino individual en el flujo de la historia.

Una mitología de los orígenes

El que haya un fuerte componente mitológico no es ningún misterio, pues Tolkien ya lo había manifestado claramente, como lo señalamos en la introducción. Sin embargo, esta mitología de los orígenes presenta características singulares. Los temas, motivos y manifestaciones importantes y persistentes son aquellos de la humanidad arquetípica.

Si tenemos en cuenta que el mito es esencialmente una historia de transgresión, observamos que en este libro la transgresión es el motor de todas las acciones. La transgresión es a menudo de orden involuntario y es motivada por debilidades profundamente humanas como el orgullo y el rencor. Las acciones de los protagonistas tienen, así, un carácter ejemplar. Toda transgresión tiene un castigo. El libro en sí mismo, gira en torno a la transgresión del tabú mayor: el incesto.

Así, aunque la historia de Túrin es el tronco narrativo de este libro, el verdadero nudo gordiano es revelado por el título: se trata de la unión entre los hermanos Túrin y Niënor, presente solamente en los capítulos finales de Los hijos de Húrin. El personaje de Niënor, aparece brevemente en uno de los primeros capítulos y reaparece sólo en la segunda mitad del libro, cobrando progresivamente importancia hasta conducir la epopeya a un desenlace trágico. La alusión del título al destino de ambos jóvenes hace que su unión se convierta en el elemento clave de esta historia.

La búsqueda del equilibrio dramático es una característica de gran interés. Tolkien evita los tópicos y las leyes de causa y efecto funcionan pero la lógica que las gobierna es inesperada. El bien no siempre atrae lo bueno, y el mal se extiende aún allí donde el lector menos lo imaginaba.

Es difícil no ver en este libro algunas claras referencias al Antiguo Testamento, narración por excelencia de los orígenes. Entre las numerosas referencias bíblicas, tenemos por ejemplo la confrontación entre Morgoth (Melkor o Vala) y el Único, que se asemeja a la del Dios de los cristianos y Satanás o el ángel caído.

Detrás del rol que juega el dragón en la relación que establecen Túrin y Nienor, hay, creemos, un guiño al de la serpiente en el paraíso. El dragón con su insidia, sería así el elemento desencadenante de la tragedia que extraerá a los personajes de la relativa tranquilidad de su hogar.

Pero hay otra fuente de inspiración más clara aún, reivindicada por Tolkien y los especialistas en su obra, algunos elementos del Kalevala. El Kalevala es un poema épico finlandés compilado por Elias Lönnrot en el siglo XIX a partir de fuentes folclóricas. El héroe de este poema es Kullervo, un joven pastor, héroe trágico quien se enamora de su hermana sin saberlo.

Este poema está compuesto además por otras historias y es una grandiosa epopeya en la que luz y obscuridad son confrontadas, que termina con la llegada de los reyes mortales, el alejamiento de los dioses de la Tierra y la fundación de Finlandia como estado independiente.

Tolkien descubrió esta leyenda a través de una traducción hecha por W.F. Kirby en 1911 y empezó a trabajar en una versión de ella tres años más tarde. Esta versión se llamó “La historia de Kulervo”, donde retoma uno de los hilos narrativos centrales del Kalevala. Este texto nunca llegó a completarse, pero es el germen de la historia de Túrin, en torno a la cual gira Los hijos de Húrin.

Se sabe que Tolkien, como filólogo y profesor de literatura, primero en Leeds y luego en Oxford, había demostrado un remarcable interés por la mitología finlandesa, no así por la anglosajona, cuyas reescrituras del siglo XIX como la del Anillo de Wagner le parecían meras copias. Lo que Tolkien parece haber apreciado en la mitología nórdica es la fuerte presencia del pathos, siendo éste la íntima emoción presente en una novela, que despierta otra similar en el lector. Contrariamente a las grandes gestas de la tradición heroica, donde no cabe el sentimiento, en dichas leyendas el pathos es poderoso. Además, es probable que el carácter fundador de este poema con relación a la literatura finlandesa haya determinado en Tolkien el camino por seguir en el dominio literario inglés.

En cuanto a los lazos de la obra de Tolkien con la mitología anglosajona, Michael D.C. Drout muestra por ejemplo en su libro “A Mythology for Anglo-Saxon England”, que Tolkien creó una prehistoria anglosajona de la mitología, y cita como ejemplo la referencia que hace éste a los Geatas – que Tolkien conocía por ser una tribu del sur de Suecia –, cuya historia mitológica aparece tanto en El señor de los anillos como en Cuentos inacabados y El libro de las leyendas perdidas en su segunda parte. En dicho texto, los Geatas son los Goths y éstos a su vez son los ancestros de los anglosajones. Por este medio, Tolkien estaría emparentando su creación mitológica a los patrones míticos proto-germánicos.

El tema del incesto tampoco es nuevo, pues esta figura está muy presente en las leyendas acerca del Rey Arturo y Carlomagno.

Por otro lado, es interesante observar que en el imaginario de Tolkien hay también una fuerte presencia de la naturaleza. Es particularmente notoria la búsqueda del balance entre las fuerzas masculinas y femeninas (Valar y Valier) del aire, agua, tierra, espíritus de los muertos y de los sueños, hazañas y proezas. Así, cada Valar (a excepción del agua) tiene su equivalente femenino que gobierna un dominio similar. Tenemos por ejemplo a Manwë (aire), cuya pareja femenina es Varda (estrellas); luego a Aulë (tierra) que está unido a Yavanna (frutas); los Fëanturi (amos de los espíritus): Námo (Mandos) (guardián de las casas de los Muertos) está unido a Vairë la Tejedora (las redes del riempo) e Irmo (Lórien) (el amo de las visiones y de los sueños) está unido a Estë la sanadora; Tulkas (Astaldo) el valiente (Hazañas y prorezas) está unido a Nessa la bailarina (la amante de las hazañas); Oromë el cazador de monstruos, amante de los árboles, está unido a Vána la Siempre-joven (flores) (hermana de Yavanna). Los únicos en estar solos son Nienna la tranquila (lamento), hermana de Fëanturi, y Ulmo, quien controla el agua.

El héroe frente al destino

Joaquín María Aguirre manifiesta en un estudio sobre el héroe que éste “es siempre una propuesta, una encarnación de ideales”, y añade que la condición de héroe “proviene tanto de sus acciones como del valor que los demás le otorgan. Esto permite que la dimensión heroica varíe en cada situación histórica dependiendo de los valores imperantes. La sociedad engendra sus héroes a su imagen y semejanza o, para ser más exactos, conforme a la imagen idealizada que tiene de sí misma.”

Desde este punto de vista, el modo en el que el heroísmo de Túrin es presentado por Tolkien podría ser revelador en cuanto a la visión de este escritor frente a la Inglaterra de inicios de siglo. Podríamos así deducir que presentando a un héroe víctima de su propio orgullo y terquedad, Tolkien haría una crítica velada a la sociedad inglesa. Es interesante tener en cuenta que el período creativo de Tolkien tuvo como eco la guerra anglo-irlandesa, la división de Irlanda, la anexión de Irlanda del Norte a Inglaterra y las luchas independentistas del IRA. Esta construcción literaria de una mitología anglosajona podría entenderse como un esfuerzo creador en favor de la reconciliación y de la puesta en valor de los orígenes comunes. Como cualquier interpretación de la obra de un autor, esto merece, sin embargo, un estudio mucho más detenido y cuidadoso.

La historia de Túrin, hijo de Húrin fue escrita y reescrita por Tolkien en numerosas ocasiones. El autor afirmó haberse inspirado para este personaje de Edipo, de Sigurd the Volsung y del finlandés Kullervo, héroe del Kalevala.

A través de este personaje, Tolkien aborda el tema del exceso de heroísmo. Túrin es un personaje valiente pero impulsivo. Sus errores terminan por producir la muerte, primero la de su mejor amigo, la de una elfa que lo ama y luego la de Niënor, su esposa y hermana. Estamos frente a un héroe que es al mismo tiempo un anti-héroe.

En este libro de Tolkien, como en toda su obra, hay un interés particular por temas como el destino, la suerte, el azar y la relación de todos ellos con la libertad individual. En Los hijos de Húrin el destino es una fuerza silenciosa que termina por atrapar, una y otra vez, al hombre y su albedrío. El destino le da un precio a la libertad de Túrin, y ésta es ejercida a cambio del sacrificio de quienes lo aman o admiran. Esta ley imperceptible e inevitable, actuará en la tragedia de Beleg, muerto en el instante preciso en que éste libera a Túrin, y aún en su libre elección del amor, que lo une a Niënor, haciendo que ésta se quite la vida.

Otro aspecto recurrente en este libro es la cuestión de la identidad. Tanto los protagonistas como una gran parte de los personajes secundarios cambian de identidad al menos una vez en toda la narración. Cada uno de estos cambios sucede a situaciones traumáticas en las que los personajes sobreviven a batallas o experimentan tragedias personales.

El cambio de nombre no sólo es una tentativa de ocultar la identidad con el fin de sobrevivir, también implica recobrar un nuevo aliento y reconstruir el Yo en función de nuevas circunstancias. Túrin será así, sucesivamente: Neithan (el desposeído), cuando vive con los delincuentes; Agarwaen (el sangriento) nombre que se atribuye después de haber dado muerte a Beleg; Thurin, nombre que le da la elfa Findulias en Nargothrond; Adanedhel (el hombre elfo) como lo llaman los habitantes a su llegada a Nargothrond; Mormegil (la espada negra), nombre que le atribuyen como capitán del ejército de Nargothrond; y finalmente Turambar , como se hace conocer en Brethil y cuando se une a Niënor. Ésta a su vez, es Niënor (el duelo) y luego se convierte en Níniel (la hija de las lágrimas), así como Beleg también es conocido como Cúthalion.

Después de la lectura de Los hijos de Húrin nos sentimos tentados a cuestionarnos sobre el verdadero lugar que tiene el héroe en el imaginario de Tolkien. En esta magnífica novela, cargada de emoción y de una fuerza épica sorprendentes, el héroe es, pues, aquél capaz de renacer de las cenizas. Pero es también ése a quien el destino someterá a las más duras pruebas.

Bibliografía

Aguirre, Joaquín María. «Héroe y sociedad: El tema del individuo superior en la literatura decimonónica.» Revista Espéculo. Besançon, Dominique, et Sylvie Ferdinand. Gnomes, lutins, korrigans : Farfadets, trolls et autres génies du monde. Terre de Brume, 2006. Drout, Michael D.C. «A Mythology for Anglo-Saxon England .» in J.R.R. Tolkien and the Invention of Myth, de ed. Jane Chance, 335-62. Lexington, KY: University Press of Kentucky, 2004. Tolkien, J.R.R. Los hijos de Húrin. Barcelona: Ed. Minotauro, 2007. Vernant, Jean-Pierre. L’univers, les dieux, les hommes. Paris: Seuil, 2002.

Incongruencias y Contradicciones

Saturday, April 26th, 2008

Los supuestos exiliados “moderados” que no se cansan de asistir a cuanto programa de panel los invitan, o se hacen invitar, y de participar en los programas de micrófono abierto para irrigar sus tesis de, ya que la tiranía existe y no se ha podido demoler, hay que dialogar entonces, suplicarle y hacer lo imposible para que los invite a conversar, son una contradicción ambulante y los artificios que usan para justificar su posición se caen por sí solos. Es hora ya de que desenmascaremos esos sofismas y esos argumentos sin fundamento que se esgrimen para justificar una posición, que sólo favorece a la tiranía y a su sostenimiento.

 

El principal y el más socorrido de “los argumentos” es el de “que si en casi cincuenta años de ser partidarios y de participar en la  lucha armada, no hemos sido capaces de derribar la tiranía, es hora ya de que les cedamos el paso a los pacifistas dialóguelos”. Sofisma, que se cae por si solo, pues a ellos se les puede decir lo mismo: Si después de 32 años de venir rogando a la tiranía que abra un espacio para dialogar, no han conseguido nunca que les hagan caso, pues ya va siendo hora de que se cambie de estrategia, ya que la tiranía y sus personeros les han demostrado claramente que no les interesa ningún diálogo serio.

 

¿Qué han conseguido los propiciadores legítimos del diálogo? Que se les cuelen los pro castristas y sobre todo, que les den patadas por el trasero (¿Te acuerdas de España, José Ignacio Rasco?

 

Ellos podrán preguntarnos ¿Qué han conseguido los partidarios de la resistencia armada? Podemos contestarles, que aparte de haberle hecho mucho daño a la tiranía y hacerles gastar millones y millones de dólares y modificarle la salud a muchos verdugos y esbirros, hemos salvado la dignidad de nuestro pueblo. Y demostrarle al mundo además, que los cubanos- al menos los de mi generación- no fuimos simples carneros que aceptamos el yugo en silencio y resignados a nuestra suerte.

 

Si hoy los cubanos podemos levantar la frente, es gracias a los millares de hombres y mujeres que supieron inmolarse unos, e ir a las cárceles otros, por no aceptar que se apoderaran de nuestra patria impunemente. Hoy cada mujer y cada hombre del presidio político cubano histórico, es una antorcha caminando por las calles del destierro, alumbrando con su luz, que dice: Nuestra lucha no fue en vano. Salvamos el honor y el orgullo de nuestro pueblo y alumbramos el camino que más temprano que tarde seguirán las nuevas generaciones que ya se levantan en el Archipiélago contra la tiranía.  Nunca nos dejamos patear el trasero impunemente, ni bajamos la cabeza ante los atropellos.

 

Si nuestros patriotas independentistas hubiesen hecho caso de los argumentos usados por los dialóguelos, hoy todavía Cuba fuera una provincia ultramarina de España, ya que cuando Martí preparaba el alzamiento de lo que fue nuestra última guerra de Independencia, para separarnos de España, ya hacía la friolera de 74 años que los cubanos insistían en la vía de la guerra para independizarse de la Madre Patria para dejar de ser colonia. Si José Martí hubiese aceptado este estúpido argumento de que por llevar 74 años intentando liberar a Cuba por la vía de las armas, todavía el poder de España se enseñoreaba sobre nuestra isla, y que lo que se imponía era bajarse los pantalones ante el poderoso que desgobernaba a Cuba y rogarle que conversara y nos diera una migajas, Cuba nunca hubiese sido libre e independiente.

 

Sin contar los primeros mártires de nuestra independencia, los esfuerzos serios de liberar a Cuba de España por la fuerza, comenzaron en 1821 con la Conspiración de Los Rayos y Soles de Bolívar, descubierta en el 1823. Veinte años después, en 1843 era descubierta la Conspiración de La Escalera. Ninguno de esos fracasos fueron óbice para que en 1868 -un cuarto de siglo después- se diera el grito de Libertad en Yara y se pelearan diez años en la manigua contra el poder opresor. El fracaso de la Guerra de los Diez Años, ni de la Guerra Chiquita, desalentó a los patriotas y 74 años después del primer intento y de tantos fracasos los Pinos Nuevos se unieron a los Viejos Robles y el 24 de febrero de 1895 Cuba inició la guerra que la liberó de España. 74 años de intentos heroicos y de fracasos, no mataron la fe en el destino de su nación a los patriotas cubanos. Por lo tanto, menos de 50 años no pueden aceptarse como una excusa para abandonar la lucha y arrastrarse lastimeramente ante el brutal opresor de nuestro pueblo, para seguir llorando por un diálogo que no va a darse.

 

Aguantar patadas por el trasero y seguir en lo mismo después de tantos años de haber fracasado, sólo muestra una cosa: O se es un “sietemesinos” de los que hablara Martí, que no tienen fe en su tierra, o son unos masoquistas, unos traidores que les hacen el juego a la tiranía para que siga ganando tiempo mientras se mantiene el status quo, para ver si las circunstancias internacionales cambian y les son favorables para perpetuarse en el poder.

El ALBA, al alba

Saturday, April 26th, 2008

Por Juan Pina 

En España la Transición a la democracia estuvo acompañada de canciones y cantantes que han entrado por derecho propio en la historia del país, y tal vez uno de los más significativos fuera Luis Eduardo Aute. Entre sus composiciones más conocidas se encuentra la melodía que baña estas palabras: “Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga. Quiero que no me abandones, amor mío, al alba”. Ese negro presentimiento asociado a la palabra “alba” parece ilustrar la realidad geopolítica de América Latina, porque tras la noche oscura del castrismo cubano puede estar empezando ahora la “noche más larga” del chavismo continental nucleado en torno a esa institución que han denominado ALBA (Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América). 

La reunión de urgencia del ALBA, celebrada en Caracas el pasado miércoles, ha girado en torno al bolivariano destrozo de Bolivia por el inculto Evo Morales, cuya consecuencia lógica es la tensión cuasi secesionista de algunas zonas del país, incapaces de sobrevivir al régimen del cocalero. De todas maneras, no le vendría nada mal a Bolivia (como a casi todos los países latinoamericanos) un poco de descentralización territorial y de federalismo auténtico. Pero cuando cuatro de los nueve distritos del país andino exigen control sobre sus recursos naturales, ante su pésima gestión por parte del gobierno central, es evidente que algo falla en la concepción misma del Estado desarrollada por Morales bajo la atenta supervisión venezolana. Y cuando estos territorios se deciden a convocar por su cuenta plebiscitos no autorizados para arrogarse competencias autonómicas unilateralmente, lo que peligra, por la obstinación de Morales, es la propia continuidad de la República de Bolivia tal y como la conocemos. 

Llamar ALBA al grupo de regímenes anti occidentales asentados en el continente es simplemente una burda contraposición al ALCA, el proyecto más sensato de integración económica que se ha dado en el hemisferio occidental. Sin embargo, no deja de tener gracia que estos dictadorzuelos de extrema izquierda arcaica, versión progre del Tirano Banderas de Valle-Inclán, hayan adoptado como nombre común el vocablo que en nuestro idioma designa el final de la noche y las primeras luces del nuevo día. Nada parece indicar que la locura colectiva de estos señores, a los que pronto podría sumarse el obispillo paraguayo metido a presidente, vaya a traer ese nuevo día con el que sueñan y con el que engatusan a sus empobrecidos pueblos. Más probable parece que de su contubernio vaya a nacer un nuevo bloque socialista tan funesto como el que se derrumbó con el muro de Berlín. Mientras tanto, la América Latina sensata suplica al resto de Occidente, como en la canción, “quiero que no me abandones al ALBA”. Haríamos bien en atender su ruego, por la cuenta que nos trae a todos: al mundo no le conviene regresar al desorden bipolar que nos aterrorizó entre 1945 y 1989 y que estuvo a punto, en más de una ocasión, de costarnos un desastre terminal. 

La lección del museo de orsay

Friday, April 25th, 2008

Por Armando Álvarez Bravo 
 

Entre las infinitas recomendaciones que se hacen a los que viajan a París, que siempre dependen de los gustos e intereses del que las formula, en lo que concierne a los museos hay una definitiva. Hay dos museos que tienen que visitarse: el Louvre y el museo de Orsay. En todos los órdenes se encuentran en los extremos del espectro del arte, pero sus fabulosas colecciones son expresión de la creatividad del hombre a lo largo de los siglos, en el caso del primero, y en el del segundo, dedicado fundamentalmente a piezas del siglo XIX. Este guarda las más célebres obras de los impresionistas, que replantean la forma de plasmar la realidad y determinan el futuro del arte, junto con las esculturas y objetos decorativos cuya concepción cambió para siempre la forma en que los artistas interpretaban la línea, el movimiento y el color. Debo señalar al lector que lo que designamos como arte moderno puede verse en el Centro Pompidou. También que ese arte tiene su sustento en el catalizador que constituyen los fondos del museo de Orsay.                  

Cada instante que transcurre hace más inmensa la dimensión de lo pasado. Pero hay un siempre en el pasado y existen momentos y cosas que se eternizan con su gravitación. Es el caso de la obra que atesora el museo de Orsay. Cada vez que se visita su fabulosa sede, una antigua y hermosísima estación de trenes cuya fachada da al Sena y que fue construida en 1900 por el arquitecto Víctor Laloux, se palpa, tal como manifestó Serge Lemoine, presidente del Establecimiento Público del Museo de Orsay, algo fundamental a este recinto y que constituye su punto fuerte. Es su pluralidad interdisciplinaria: junto a la escultura, la pintura y los pasteles se encuentran las colecciones de dibujos, de artes decorativas, la sección dedicada a la arquitectura y la colección de fotografías, auténtica innovación en el mundo de los museos franceses cuando fue creada.       

Es precisamente en cada elemento de esa pluralidad interdisciplinaria que el museo de Orsay nos da una lección. En buena medida, sus piezas constituyeron en su tiempo un arte de ruptura, una nueva forma de ver y de plasmar el mundo y las cosas. Pero esa ruptura, lejos de negar la tradición y el oficio y la inmutabilidad de los valores estéticos y formales, lo que hizo fue agregar una nueva dimensión a nuestra sensibilidad e inteligencia hacia y en un siglo caracterizado por su tumultuosa condición en todos los órdenes, por un vertiginoso desarrollo y por cambios abismales en la vida de la criatura. 

Por supuesto que la obra de tantos artistas que guarda el museo de Orsay fue negada, criticada y rechazada en su momento. Encarnaba lo que Rimbaud llamó cambiar la vida. Pero he aquí que esa obra no sólo abrió nuevas sendas a la creación sino que sirvió para ajustar y poner en su sitio mucha creación equivocadamente valorada por variadísimas razones. Así, dice Lemoine que como “los gustos cambian y la historia no ha dejado de evolucionar, las otras corrientes de la época, que durante mucho tiempo fueron vituperadas con el calificativo de ‘arte bombero’ y condenadas al olvido, han ido encontrando su puesto. La frontera entre los que fueron ‘buenos’ pintores y los considerados como ‘malos’ se ha ido borrando, ya que no corresponde a la realidad histórica ni a evidentes criterios de calidad artística. El mérito del museo de Orsay consiste en poder mostrar también la diversidad de tendencias, tanto las ideales como las realistas, además de contar con algunas obras maestras de pintores únicos e inclasificables como fueron Fantin-Latour, Whistler o Carrière”.          

Cuando consideramos, teniendo muy en cuenta el patrimonio del museo de Orsay y su significado estético, y comparamos esa producción con demasiado “arte” actual que es impuesto por las crecientes bienales, la superficialidad imperante, las agendas de galeristas, académicos y críticos, y la falta de información y discernimiento de los compradores, nos damos cuenta de que mucho de ese “arte nuevo”, de “última hora” es en demasía una birria incapaz de soportar el paso del tiempo y propiciar nuevas perspectivas creativas como hicieron los artistas que guardan las paredes y salones del museo de Orsay.     

¿Qué determina la preponderancia de ese arte nuevo? Además de lo expuesto anteriormente, pienso que lo determina el hecho de que atravesamos una etapa de quiebra de valores en todos los órdenes. No menos que esa pésima obra es aceptada y exaltada como de primer orden porque los que la promueven y los que la adquieren padecen de una idéntica mediocridad y vacío intelectual y espiritual. Porque se carece del sentido común y el valor de considerar otra clase de creación de real calidad. Por la pavorosa dependencia de la moda. 

Pienso que esa dependencia de la moda, que por naturaleza es intrínsecamente efímera, será lo que pondrá fin al predominio estepario del “arte nuevo”, del que sólo prevalecerá un cuerpo de obra que, en otro contexto y factura, puede equipararse a la pasión e intención que nos legaron los maestros del museo de Orsay. Lo que es indudable que obra como la del hermoso museo junto al Sena es obra concebida para convivir con ella y cada día descubrir al mirarla algo nuevo y gratificante. Algo imposible de hacer, díganme lo que me quieran decir, con cualquier pieza del “arte nuevo”. El tiempo tiene la última palabra. 

La amenaza del terrorismo

Friday, April 25th, 2008

Por Diana Duque Gómez

El terrorismo que azota el mundo actual tiene hondas raíces en la praxis política heredada de Lenin y Stalin. Su objetivo es alcanzar el poder absoluto sobre las personas para sustituir la sociedad abierta y espontánea por un engranaje de ingeniería social diseñado y gestionado por dirigentes imponderables y ajenos a toda legitimación popular. Con independencia de la ideología o la fe que imprima el carácter de ese engranaje, el terrorismo desarrolla siempre una moral sectaria en la que la vida y la libertad de la gente quedan relegadas porque el fin perseguido justifica cualquier medio.

Cien años de leninismo (I)

Friday, April 25th, 2008

Por José Ignacio del Castillo

En el 2003 se cumplió un siglo del II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso en Bruselas-Londres. La fecha no es baladí. En ese Congreso se verificó la separación de bolcheviques y mencheviques. En otras palabras se cumplieron cien años del nacimiento del leninismo, seguramente el corpus teórico-práctico más irresistible jamás inventado para hacerse con el poder político, para mantenerlo y para extenderlo universalmente. Por todo la faz de la Tierra y hasta controlar el último rincón de cada vida humana.