Muriedas, hacedor de imágenes mágicas
Sunday, August 24th, 2008Por JF Reyes
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Un golpe visual, multicromático e inmenso entre colores esenciales, calaron mi pupila de forma sorprendente, luego de asomarme con cálido respeto y repentina timidez, ante las acuarelas, líneas en óleo, plumillas y lienzos que adornan, o iluminan en el mejor decir, la residencia de Lorenzo Muriedas, quien posee ese raro don que el cielo agracia solo a pocos, el arte de pintar, y sobre todo, pintar maravillosamente bien.
“El Lore”, como cariñosamente se le conoce entre los suyos, es un artesano de la pintura, si bien esta categoría pudiera incluirse en el arte pictórico, pues nos encontramos ante un artista que estudia las formas, las maneras, las gestualidades de sus personajes, sin que ello conlleve a una forma mecánica o simplista de hacer rasgos.
La excelencia en las pinturas de Muriedas sobresale especialmente en sus plumillas aderezadas de un sutil uso de las acuarelas. Con finos trazos, dibuja, o desdibuja con misticismo, singulares seres sobrenaturales, como ondinas, cíclopes, o peces con dobles cabezas, los cuales favorecidos por la gracia maestra del pintor y como si venidos del mas allá, se nos acercan de forma ingenua, pero que al fijar bien la atención en ellos, encierran un mensaje de vida, una cálida filosofía de vida rayana en el surrealismo que solo podemos hallar en notables pintores como Dalí o Van Gogh, con quienes Muriedas está ligado espiritualmente básicamente en sus obras.
Lore atesora y cuida sus pinturas como hijos a los que debe guarecer de mañosas manos. Por ello siempre ha mostrado esa extraña cualidad para algunos, pero innata en los verdaderos artistas, que es el desinterés.
El recurrente y peculiar uso de imágenes como el Sol y la Luna en los dibujos de Muriedas, dignifican los paisajes mostrados por su pincel, a los que se insertan palmas reales que por su majestuosidad parecen tocar el infinito amén de escoltar los caminos reales de la campiña cubana, quedando a manos del observador ocasional decidir si está enfrentado a un paisaje que se desdobla entre el ocaso o el amanecer. Realmente sorprendente el uso mixto del color en estas imágenes campestres, donde el propio cielo con misteriosos tonos tiene que darnos también un mensaje.
Desde el instante que Muriedas toma el pincel en sus manos, cual si fuera un encantamiento, comienza entonces una suerte de ensueño, en el que el artista se desprende del mundo exterior e inicia una insólita aventura donde empezarán a cobrar vida figuras inverosímiles, plasmadas en cartulinas y lienzos. Quizás ese trance hipnótico que padece ese agraciado de las artes al iniciar sus faenas, tenga su mejor antecedente cuando sus padres Lorenzo y Migdalia quedaron aturdidos ante la frustración de su hijo por no haber ganado una caja de colores en una rifa infantil. Ya se advertía desde entonces las necesidades espirituales del naciente artista.
Muriedas ha estudiado minuciosamente, como si fuera un cálculo matemático, los colores que usualmente se retienen o son más fáciles de captar en nuestras retinas, no por gusto el observador espontáneo queda instantáneamente sujeto a un hilo mágico ante la obra bellamente mostrada.
Fiel ejemplo de lo anterior es la serie pictórica que prepara Muriedas sobre el ballet, en el que sobresale la rigurosidad y precisión en los dibujos de las ballerinas, sus ademanes y usuales piruetas, destacando nuevamente la combinación del color para mostrarnos un ¨stage¨ o escenario con sus habituales luces y sombras, típicas de estas representaciones. El propio Muriedas nos confesaba que se ha adentrado en investigar ese maravilloso mundo danzario, para poder captar en su mayor plenitud toda la simbología en movimientos y posturas que aquel encierra.
Solo valiéndose de un irreprimible deseo autodidacta de aprender a pintar y de una musa que siempre lo acompaña, el artista se halla entre aquellos favorecidos que cultivan el ancestral oficio de dibujar, ayer en cavernas, hoy en galerías y museos, pero que en fin son los hijos que Dios eligió exclusivamente para que la vida terrenal se llenara de luces y vívidas imágenes, convirtiendo al mundo en una gran acuarela de infinitos colores.
Ojalá que Muriedas, en ese habitual éxtasis o trance mediúmnico a la hora de pintar, en el que la noche solo tiene de testigo a la Luna, pueda continuar asombrándonos con sus paletas y pinceles, como buen hacedor de imágenes impredecibles y mágicas.
Un hermoso cuadro de Cristo, con los singulares rasgos artísticos de Muriedas, se encima en el propio lecho del maestro. En un momento, los ojos del Redentor se entrecruzaron con los míos en una cómplice y benevolente mirada. Sin dudas, estábamos de acuerdo. La mano divina siempre acompañará a Muriedas en su entrañable placer de hacer feliz a los hombres con su arte exquisito.


