Por Iria González-Rodiles

SUIZA, BERNA. A ningún periodista en Cuba, gubernamental o independiente, se le ocurriría tirarle sus zapatos a Fidel Castro, aunque ganas a muchos no les faltan.
Ninguno se atreve. Nadie. Primero, por el terror que se desataría contra quien se atreviese a tanto. Segundo, porque no representa el máximo símbolo de desprecio en la nacionalidad cubana.
Todo indica que estadounidenses y cubanos coincidimos en este aspecto, porque el señor presidente George Bush restó importancia al lanzamiento, no se sintió ofendido y lo asumió con el buen humor que lo caracteriza.
Ver el zapatazo como un insulto es, por ejemplo, pretender y lograr que un cristiano reaccione y piense como un islamista. Imposible. (Por cierto, Bush demostró que está en plena forma a sus años al esquivar el doble intento).
A mi juicio, el símbolo de la ofensa suprema que alguien puede recibir en Cuba es la trompetilla: un efecto sonoro estridente, hecho con la boca al expulsar el aire y que se amplifica con los dedos de la mano simulando una trompeta.
De ahí, surge el sonido que imita al peo (pedo o viento, en su acepción más refinada). No pone en peligro la integridad física, sino que perturba o desestabiliza al infeliz destinatario.
Pero lanzar zapatos, cualquier otro objeto, significa una agresión física, semejante a las que realizan las castro-fascistas Brigadas de Respuesta Rápida en mítines de repudio, que son sólo el invento malévolo e inescrupuloso de un dictador, para fomentar el miedo y el estado de indefensión en la ciudadanía, con el objetivo de preservar el poder.
El espectáculo de tirar los zapatos contra alguien, sólo proyecta la impotencia, el descontrol, la incivilización del lanzador… Ahhh, pero una trompetilla es el choteo, la burla por excelencia, que rebaja o iguala al receptor a lo que este efecto sonoro representa: un peo, fenómeno fisiológico común a todos los mortales.
Si a un periodista cubano se le ocurriera lanzar sus zapatos contra Fidel Castro, en la Isla no lo sancionarían a siete años. En el mejor de los casos, mediante un juicio sin defensa, caería sobre él la pena monumental que corresponde a los supuestos cargos de “desacato a la figura invicta y victoriosa del Comandante en Jefe” y de “marioneta, agente, mercenario pagado por el imperialismo yanqui”.
Y, entre golpizas y ofensas, otros ‘cargos menores’ inventados le caerían encima, tales como “alta peligrosidad”, “estado predelictivo”, “elemento contrarrevolucionario”, “traidor a la patria”… o bien, podría fosilizarse en algún calabozo, sin que nadie volviera a recordarlo más nunca en toda su repuñetera existencia: un cadáver en vida, dentro de una sociedad totalitaria. Así las cosas, cualquier otro podría ser su desenlace.
Ahhh, pero no puedo imaginar, ni describir, ni quiero pensar lo que sucedería si alguien le lanzara una trompetilla a Fidel Castro en pleno discurso, transmitido por vía satelital al mundo, visto por millones de espectadores nacionales y extranjeros. Imagínenselo ustedes: peor que la represión de la Primavera Negra de Cuba del 2003, si es que eso es posible, pues es demasiado decir.
Al menos, sería similar al ‘gorilazo’ primaveral, porque una trompetilla no constituye una agresión física, sino una opinión pacífica: usted merece un peo, o lo que dice es igual a un peo, o usted vale un peo…así, la de nunca acabar. Y bien se sabe que la libertad de opinión, de expresión, cualquier criterio discrepante, aunque se manifieste pacíficamente, como la trompetilla, está prohibida en Cuba.
El colega iraquí oscila entre la suerte y la fatalidad. Por un lado, le piden siete años de cárcel, porque en Irak, lanzar un zapatazo sí es un insulto, y grave.
Por otro lado, allá, en Irak, la gente puede salir a la calle y protestar, manifestarse, a favor del periodista, dado el empeño gubernamental que existe por consolidar una sociedad democrática. No es es el caso de Cuba, hasta el presente y por medio siglo, casi ya, dentro de unos días: ni chistar, a nadie se le ocurre porque sería un auténtico suicidio.
Sin querer inmiscuirme en un problema que para mí, para mi cultura, para las raíces de mi nacionalidad, no posee la importancia que le atribuyen, pienso que lo único reprobable es la ruptura total con todas las normas profesionales y éticas del periodismo por parte del reportero iraquí, pero el tipo de sanción correspondería al gremio y al órgano de prensa donde él labora.
Por lo pronto, creo que el periodista iraquí tiene derecho a pensar lo que estime conveniente respecto a las tropas norteamericanas, pero lo que resulta incomprensible, casi sospechoso, es que su ‘tipo de protesta’ omite a Alqaeda y otros movimientos terroristas que siembran la muerte con sadismo y sin escrúpulos entre sus propios coterráneos y hermanos de religión, entre gente inocente.
Como era de suponer, ya a la historia de los zapatazos le están ‘sacando lasca’ -provecho, dicho al modo popular- en Internet: dicen que existe un videojuego basado en el incidente.
No me interesan, no soy adicta a los juegos de ningún tipo. Pero mucho me agradaría que, con igual o mayor e inmediata creatividad, en vez de utilizar a los presidentes elegidos por sus pueblos democráticamente, aparecieran cuantos dictadores han existido y existen sobre la Tierra. Ah, y en lugar de zapatos, lanzarle cubanísimas y reiteradas trompetillas.