Por Iria González-Rodiles

SUIZA. (BERNA)- ¡Este es el drama! El planeta de año en año se ha movido con más rapidez y la consigna no ha cambiado. -¿Entonces?-dijo el principito”. (El Principito, Antoine de Saint-Exupéry*)
En Estados Unidos todo es posible”, dijo el presidente Obama cuando asumió la presidencia en su país. Cierto, porque existe un sistema de gobierno democrático con profundas raíces.
Y un pueblo crecido y formado con un amplio espíritu demócrata, libre. En Suiza, también, “algo puede ocurrir”, debido a que se rige por la democracia, además de sustentar cierto grado de imparcialidad o equilibrio frente a los distintos conflictos políticos universales.
Y lo imprevisto, ocurre. Un médico suizo ha presentado en la Iglesia de la Misión Católica Española de Ostermundigen, Berna, el proyecto de ayuda a los niños diabéticos cubanos, dada la carencia de equipos en la Isla, para el control de este padecimiento que deja secuelas irreversibles en los pequeños, como la ceguera.
Este proyecto para los niños diabéticos de Cuba y otros, de distintas características, que se presentaron respecto a Etiopía, Guatemala y Colombia, fueron sometidos a votación dentro de la feligresía de latinos, suizos y españoles, para elegir uno: el proyecto para los niños diabéticos cubanos logró la inmensa mayoría de los votos.
Tiene el señor presidente
un jardín con una fuente,
y un tesoro en oro y trigo:
tengo más, tengo amigo. (1)
Yo lo apoyé también: primero, porque alivia las desventajas de estos niños cubanos; segundo, porque al no ser Cuba la potencia médica que proclaman, son “los pobres de mi tierra” quienes sufren las carencias, no la élite gubernamental, ni los extranjeros que acceden a la medicina cubana con moneda externa; tercero, porque es un proyecto humanitario, no político, destinado a niños necesitados, indefensos, inocentes.
Todos, todos nacimos ángeles,
Nada en el reloj de culpabilidad,
Todo en el reloj de la inocencia. (2)
Para sustentar los proyectos ganadores de cada año, se organiza El Bazar -auspiciado por los fieles y la iglesia católica de Ostermundigen-, cuya recaudación se destina al proyecto elegido. En los quioscos que El Bazar levanta en las áreas de la iglesia, se venden objetos, bebidas y alimentos típicos de cada país, aportados por la comunidad católica y por todos aquellos que deseen colaborar mediante sus donaciones. También amenizan El Bazar grupos artísticos oriundos del abanico de nacionalidades asentadas en Suiza.
Como además soy la única cubana que asiste siempre a la Iglesia de Ostermundigen, consideré justa y necesaria mi colaboración con el proyecto, cocinando y vendiendo en El Bazar un plato cubanísimo: el ajiaco. Para mi asombro, hallé un rechazo inicial a mi propósito.
Todo indica que uno de esos colombianos -quien, dadas sus frustraciones políticas nacionales, quiere mantener a toda costa y a costa de mi pobre país, la imagen de una revolución cubana inexistente- me calificó de “anticubana”, término que utiliza el dictador Fidel Castro contra quienes no piensan exactamente igual que él. (Claro, no puedo ser anti-mí-misma, y no me gusta encasillarme, además, dentro de ningún tipo de “anti”, pero aclaré que si urgía clasificarme con algún “nombrecito” podrían acuñarme como “anticastrista, anticomunista o antizquierdista”, según le conviniese). En tal caso, ni yo, ni los cubanos que somos libres de pensamiento y actuación, nos sentiríamos agredidos, ni víctimas de la difamación o la ofensa.
Pero esta historia tuvo otro inicio: La predisposición del susodicho afloró cuando yo quité y rompí los afiches de los Castro que desplegó por las instalaciones de la iglesia, según él, haciendo uso de la libertad de expresión y utilizando los “símbolos” de Cuba (o sea, los símbolos del poder dictatorial que nos priva de la libertad de expresión y de la pluralidad a los cubanos).
No resulta extraña la presencia de los Castro y de Guevara en las calles, librerías y cafés de Berna: son las ventajas de la democracia en función de sus contrarios, de sus lapidadores. Aprendí que en una sociedad plural, diversa, es así. Muy diferente, desde luego, a la sociedad totalitaria donde crecí y de donde provengo, donde me inocularon la intolerancia, donde sólo se permiten las imágenes de los hombres-ídolos y la propaganda gubernamentales.
Pero en las instalaciones pertenecientes a la Iglesia, creo que deben estar las imágenes propias de la religión; no ídolos políticos terrenales de países con regímenes que inculcan el ateísmo y marginan o señalan al creyente confeso, en el menor de los casos. Yo podría haber colocado afiches de Reporteros sin Fronteras, con letreros como “Cuba sí, Castro no” o sobre la ausencia de libertad de expresión en la Isla. Pero me abstuve de entrar en el juego del Diablo:
Lucifer baila; mas no sabe lo que le espera.
Dios, pon mi cabeza y quítame del frío. (3)
Entonces, coloqué en todas las instalaciones de la Iglesia de Ostermundigen, la imagen de la Virgen María de la Caridad del Cobre, Reina y Patrona de Cuba, Madre de todos los cubanos, porque ése es su lugar; ése, y nuestros corazones. El mensaje goza de nitidez e imparcialidad. Finalmente, mi empeño fue aceptado: pude colaborar con este proyecto de alto sentido humano y ético, a favor de los niños que sufren de diabetes en mi tierra natal.
Adorné el quiosco, que distinguía a Cuba entre los demás países, con la bandera cubana, la Virgen de la Caridad del Cobre y la bandera de Nicaragua, a solicitud de una muy querida amiga nicaragüense: su país no estaba representado en los quioscos, aunque El Bazar sí contó con la esmerada colaboración de La Nica, como la llamo con cariño.
Poco después de instalarme en el pequeño quiosco que la Iglesia había destinado para la venta de platos criollos, se incorporaron los miembros de la Sociedad de Amistad Suizo-Cubana. (¿Casualidades?: ellos a la izquierda; yo, a la derecha). Aunque no pertenecen a la comunidad católica de Ostermundigen -que sí es mi lugar- fueron invitados a El Bazar, cuya concurrencia es abierta. Ellos vendieron congrí y picadillo a la habanera; yo, mi ajiaco cubano. Y lo anuncié, a toda voz, con humorísticos pregones que recordaran a los cubanos, la pobreza de la vida dejada atrás en la Isla:
¡Oye, coge tu ajiaco aquí! ¡Mira, tu ajiaco aquí, sin cola!
¡Coge tu ajiaco ‘por la libre’, sin racionamiento, con carne! (4)
Causó gracia, risa. Hubo un joven cubano que al solicitar su plato de ajiaco, me pidió que le echara “bastante carne”. Mientras yo le servía, pregunté varias veces, en tono bien audible para los presentes: ¿por qué será que todos los cubanos siempre piden un ajiaco “con mucha carne?”… Logré recuperar el dinero invertido por El Bazar para la elaboración del ajiaco, además de la correspondiente ganancia para el proyecto.
Aunque sólo era una joven, de la Sociedad de Amistad Suizo-Cubana, quien vendía la comida, estaba rodeada de un séquito de cubanos. Pero todo transcurrió tranquilamente, sin provocaciones, ni hostilidades. Ella puso música salsa variada en un pequeño equipo, a poco volumen; mientras, yo escuchaba con audífonos mis CD de Pedro Luis Ferrer, Moneda Dura, Celia Cruz, Gloria Estefan o Buena Fe.
Sólo un hecho resultó muy desafortunado, inoportuno: alguien puso, por la amplificación central -no sé si fue obra del colombiano- la canción panfletaria dedicada al Comandante Guevara. En respuesta, coloqué en la calle, al costado, pero fuera de las instalaciones de la Iglesia, una imagen de la famosa foto de Guevara diseñada, con los rostros de sus víctimas, por la Asociación Jóvenes de América. Pronto la arrancaron. Pero no repitieron la cancioncita.
No sé con qué propósitos, pero ‘ellos’ tomaron fotos y videos, en los que aparezco: deduzco que ignoraban quién era yo, al igual que yo no sabía exactamente quiénes eran todos ellos. Pero yo, no tengo nada que perder: he sido despojada de mi tierra, mi mar, mi casa, mi trabajo, la amable presencia de los amigos y -lo más preciado- mi hija, mi nieto, mi familia, desde que me exilié en Suiza.
Oye mi secreto. Es muy simple. No se ve bien sino con el corazón.
Lo esencial es invisible para los ojos. (5)
Los representantes de la Cuba oficial sí tienen mucho que perder (si lo dudan, que pregunten a quienes han sido “tronados” recientemente en la Isla) -aunque se situaron al lado izquierdo, como les corresponde-, porque aparecer junto a una persona como yo, libre, autónoma, independiente, como periodista y ser humano desde 1992 hasta la fecha, es asunto delicado y prohibido para los “revolucionarios”. Sé cómo funcionan los mecanismos de vigilancia e intriga en Cuba.
Por lo demás, no os preocupéis. No se me pega nada, aunque me impongan presencias y cercanías. Con los cuarenta y cuatro años que viví en Cuba, dentro del régimen totalitario, castrense, quedé vacunada, inmune, libre de todo posible contagio.
“¿Entonces?”, preguntó un niño -el Principito, pero bien podría ser un niño cubano- ante el drama del estancamiento de algunos, en un Planeta que cambia, con ascendente velocidad, cada año o cada instante. ¿Entonces? ¡Cambio!
(*) El Principito. Antoine deSaint-Exupéry.
(1) Versos Sencillos. José Martí.
(2) Ángeles. Buena Fe.
(3) Si te veo. Ángel Escobar
(4) En Cuba, junto al régimen de miserias, surgió un lenguaje popular que reflejaba la escasez, el racionamiento, las vicisitudes de todo tipo, y cual hemana gemela inseparable de esa
situación, la pobreza léxica también.
(5) El Principito. Antoine de Saint-Exupéry.