De pistolero a ‘máximo líder’

Por Roberto Álvarez Quiñones

Fidel Castro, decano de dictadores, cumple 86 años, 52 de ellos como ‘hombre fuerte’ de Cuba.

LOS ÁNGELES. (DDC)- Hoy, 13 de agosto, Fidel Castro cumple 86 años, 52 de ellos como hombre fuerte de Cuba, cifra que lo convierte en campeón mundial de los dictadores de la era moderna.

Castro es el número uno porque desde que Rodrigo de Triana dio su grito de “¡Tierra!” al divisar desde lo alto de La Pinta atisbos del exuberante Nuevo Mundo, nadie que no haya sido rey, emperador o príncipe, ha gobernado nunca una nación durante medio siglo o más.

Ya desde el 1 de junio de 2007 Castro había batido el record impuesto por el norcoreano Kim Il Sung, quien tras ser colocado en el poder por Stalin, el 8 de febrero de 1946, acumuló 48 años, 4 meses y 29 días como dictador.

Para la mayoría de los cubanos, no es justo que, como todo parece indicar, Castro vaya a marcharse de este mundo sin pagar precio alguno por el sufrimiento y los daños incalculables causados a tres generaciones.

Además, parece ser que Fidel va a terminar sus días sin que el mundo conozca su catadura moral y sin que los propios cubanos de la Isla sepan quién es realmente. Los ciudadanos no tienen idea de que en los gobiernos constitucionales auténticos (1944-1952) anteriores a la dictadura batistiana, Castro no era un demócrata, sino un peligroso pistolero que hacía política a tiro limpio por las calles de La Habana. Esa formación gansteril adelantó el comportamiento tramposo y delincuencial del comandante más tarde, como jefe de gobierno.

Pero con tanto talento como Cicerón para la oratoria, y más capacidad histriónica que el célebre patricio romano, el nuevo y caribeño Flautista de Hamelin comenzó en 1959 a hipnotizar a las “masas” con su verbo grandilocuente. Se repitió la historia de Hitler en Alemania y de Mussolini en Italia.

A punta de pistola

Para su endiosamiento “revolucionario” resultó clave el desconocimiento del funesto historial de Castro como “gatillo alegre”. Muy pocos sabían que cuando Fidel solicitó ingresar en el Partido Ortodoxo, su jefe, Eduardo Chibás, lo rechazó. Dijo que no quería gangsteres en el partido. Sólo después, ante la insistencia de José Pardo Llada, fue que Chibás lo aceptó.

No por casualidad, al tomar el poder, Castro le enfiló los cañones a la prensa, a la que amenazaba constantemente. Y en 1960 estatizó los medios. Ya no hubo cómo saber que Fidel se expresaba políticamente a punta de pistola, intimidando a sus rivales, o baleándolos; que la práctica mafiosa era su hábitat natural como miembro de la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), una de las pandillas más sanguinarias, encabezada por Emilio Tro, quien con grado de comandante era director de la Academia de la Policía Nacional del gobierno de Ramón Grau San Martín.

La UIR le disputaba el control político de la Universidad de La Habana a la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) que presidía Manolo Castro, a quien Fidel odiaba por no querer apoyarlo en su candidatura para presidente de la Escuela de Derecho. La FEU y las presidencias de la facultades universitarias eran un gran trampolín para llegar a la cumbre política nacional, sumamente corrupta por entonces.

Rivales también de la UIR para obtener poder político eran la pandilla Movimiento Socialista Revolucionario (MSR), dirigida por Rolando Masferrer; los “muchachos” de Mario Salabarría, jefe de la policía secreta del gobierno del presidente Grau y conectada con los famosos pistoleros Orlando León Lemus, alias El Colorado (a quien Tro baleó sin éxito), Policarpo Soler, y José Fallat (El Turquito), entre otros.

Manolo Castro fue asesinado en un atentado en 1948, después que Fallat mató a Emilio Tro en la llamada “masacre de Orfila” (seis muertos en total) en Marianao, en 1947. En los círculos universitarios había la certeza de que fueron los pandilleros de la UIR, a la que pertenecía Fidel, quienes mataron a Manolo Castro y a otros, entre ellos el ministro de Gobernación, Alejo Cossío del Pino, el capitán Rafael Ávila, y Oscar Fernández Carral. Este último dijo poco antes de morir que quien le había disparado era Fidel, según informó el diario El Crisol.

También fue asesinado Justo Fuentes Clavel, vicepresidente de la FEU y miembro de la UIR. En represalia, Fidel baleó e hirió a Leonel Gómez, señalado como el asesino de Fuentes, y le disparó a Rolando Masferrer, quien salió ileso.

Menos aún se sabe en Cuba que en 1951 Fidel visitó al senador Fulgencio Batista en su finca Cuquine y lo alentó a que diera un golpe de Estado. El encuentro lo pidió Castro y fue logrado gracias su cuñado, el político Rafael Díaz-Balart, amigo de Batista, y en presencia del periodista Antonio Llano Montes, de la revista Carteles. Narra Díaz Balart que estando en la biblioteca, Fidel le dijo a Batista que entre sus libros faltaba La técnica del golpe de Estado, de Curzio Malaparte.

Como Castro no había tenido respaldo en el Partido Ortodoxo para lanzar su candidatura para representante a la Cámara, estaba dispuesto a sumarse a Batista si éste daba un golpe de Estado. O más bien quería que el general violentara la Constitución para entonces él (Castro) iniciar la lucha contra la dictadura y tomar el poder por la fuerza, pues en las urnas ya sabía que no tenía chance alguno. Y fue eso lo que sucedió el 10 de marzo de 1952. Un año después, Castro asaltó el cuartel Moncada y luego derrocó a Batista.

Tras dirigir el país de facto como Comandante en Jefe del Ejército Rebelde, un mes y medio después Fidel decidió asumir ya formalmente el poder. Para ello, una semana antes, el 7 de febrero de 1959, él mismo redactó una modificación a la Constitución —llamada “Ley Fundamental” y que sustituyó a la Carta Magna de 1940— que convirtió la figura del Primer Ministro en jefe del gobierno, por encima del Presidente de la República.

‘No me interesa el poder’

Al tomar posesión en el Palacio Presidencial como Primer Ministro, el 16 de febrero de 1959, Castro declaró: “Yo no soy un aspirante a Presidente de la República… no me importa ningún cargo público, no me interesa el poder”.

Aquel desinterés conmovió a la nación. Se trataba de un líder distinto, un patriota ungido celestialmente con un altruismo inédito en la historia del país. Despojado de la ambición personal de los políticos tradicionales, Fidel estaba anunciando que no participaría en las elecciones presidenciales que se iban a celebrar pronto según él había prometido desde la Sierra Maestra.

Solo que semanas después lanzó la consigna de “¿elecciones para qué?”, y medio siglo más tarde aún no han vuelto a celebrarse. Devino el dictador más aferrado al poder de que se tenga memoria. En 2011, ya achacoso, puso en su lugar de jefe del Partido único y del país a su perrito faldero, su hermano Raúl. Aunque pese a su decrepitud, sigue tomando las decisiones importantes en Cuba.

Así llega a su 86 aniversario el pistolero convertido en “máximo líder”, no de los cubanos, sino de los tiranos.

 


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