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Demasiado horror

Thursday, January 26th, 2012

Por Luis Cino Álvarez

La Habana. Ha muerto Wilman Villar Mendoza, un opositor preso que estaba en huelga de hambre. Como Orlando Zapata Tamayo, no hace todavía dos años.

Ambos murieron por culpa de carceleros demasiado crueles y soberbios para escuchar las demandas de un preso, que para ellos es menos que una alimaña. Máxime si está en la cárcel “por contrarrevolucionario”.

Pero a Wilman Villar no lo quieren reconocer como “un contrarrevolucionario”. Ni siquiera reconocen que murió luego de una huelga de hambre que duró 50 días. Granma, el más oficial de los periódicos oficiales, dijo el 20 de enero en una nota informativa que no firma nadie, que “no era preso político ni estaba en huelga de hambre”. Según la infame nota del órgano oficial del Comité Central del Partido Único, estaba preso porque golpeó a su esposa –la misma que ahora quedó viuda con dos niños pequeños- y agredió a un policía que intervino en la reyerta conyugal.

Sería ridícula la versión del Granma si no fuera sencillamente monstruoso constatar cuan poco vale la vida de una persona –especialmente si es un opositor al régimen- en una prisión cubana.

No hay dudas que los médicos hicieron lo posible por salvar la vida del preso en huelga de hambre, sólo que, como es habitual en estos casos, ya era demasiado tarde. Las autoridades esperan siempre poder doblegar al preso y hacerlo deponer la huelga. Si no lo consiguen, cuando está ya casi muerto, lo envían a un hospital civil. Y quedan satisfechos porque “no cedieron un ápice y no se dejaron chantajear”.

Continuamente llegan informaciones desde las cárceles de presos que ante su total indefensión, como recurso extremo para reclamar sus derechos, se declaran en huelga de hambre. Algunos se cosen la boca con alambres. Enseguida los encierran en celdas de castigo. Solamente a los 10 días es que los carceleros empiezan a reparar en que sus vidas peligran. Entonces, pueden decidir alimentarlos a la fuerza. O convencerlos a golpes de tonfa y palos de marabú para que abandonen la protesta. Si tienen la boca cosida, se la descosen a la fuerza, entre golpes y patadas.

Pero a veces, como sucedió con Zapata Tamayo y ahora con Villar Mendoza, los carceleros llegan hasta las últimas consecuencias, para que sea el preso el que ceda y quede escarmentado. O muera.

¿Qué resuelve Granma con sus descaradas mentiras? ¿Acaso no hay mejor modo de evitar el escándalo internacional que mentir? Si descriminalizar la disidencia es pedir demasiado a una dictadura, ¿no pudiera al menos humanizar el trato a los reclusos? Y cuando digo humanizar, no me refiero precisamente a llevar a las cárceles a Silvio Rodríguez y su troupé.

En el caso de Orlando Zapata Tamayo, el régimen trató de presentarlo como un delincuente devenido en disidente. Con Wilman Villar también quieren hacerlo. Pretenden hacer ver que “los contrarrevolucionarios” lo captaron con sus promesas dentro de la cárcel. Y cualquiera con dos dedos de frente se pregunta qué poder secreto tendrá “la contrarrevolución” para lograr conversos dispuestos a convertirse en mártires. ¿Qué les ofrecerá la contrarrevolución a cambio de ofrendar sus vidas? ¿Huríes?

¿O será que para un hombre digno y convencido de sus ideas es más fácil morir en una huelga de hambre que soportar las humillaciones y los abusos de los esbirros de ese infierno que son las cárceles cubanas?

Dos presos políticos muertos en huelgas de hambre es demasiado para cualquier persona con un mínimo de decencia. Es hora de que el gobierno cubano haga algo más que inventar mentiras y coartadas absurdas. Ojala, por el bien de todos, que no vayamos mas lejos en el horror.

Falsas reformas y el socialismo finalizando

Friday, January 13th, 2012

Por Luis Cino Alvarez

Las reformas que no son y el socialismo que se acaba.

La Habana. A juzgar por la lentitud chapucera y temerosa de los mandarines verde olivo, estoy seguro de que la llamada ‘actualización del modelo económico’ no conseguirá ni remotamente el progreso económico sin libertad que han alcanzado China y Vietnam con sus reformas proto-capitalistas. Aquí, con tantos corruptos y tanto retranquero del inmovilismo, no tendremos ni lo uno ni lo otro.

Y no me oculto para decir que me alegra mucho que los mandamases no se puedan salir con la suya. No me seduce para nada el capitalismo de timbiriches y el sálvese el que pueda. Allá quien se conforme con las vendutas y los puestos llenos de viandas y verduras para quien pueda pagarlos y los decretos ley con más trampas que beneficios. No me conformo con ninguna otra cosa que no sea la libertad. Aunque tenga que comer soga. O apretármela al cuello, cuando no pueda más.

Que no se lamenten luego los ilusos que se empeñan en creer los cuentos chinos de que las reformas económicas necesariamente dan lugar al advenimiento de las libertades políticas. ¿Nos olvidamos ya de que el estalinismo siguió a la Nueva Política Económica de Lenin (conocida como NEP)?

¿Para qué engañarnos y pretender ver reformas estructurales donde sólo hay trucos de supervivencia e ilusionismo para incautos? Sólo la necesidad más perentoria es la que empuja a los mandantes a cambiar lo poco que cambian. Hacen concesiones que no implican ceder demasiado espacio. Después de todo, los mandarines, sin otro plan estratégico a la vista que aferrarse al poder a como dé lugar, advirtieron bien claro que para nada se trataba de reformas. De ahí que sacaran de la gorra otro de sus eufemismos: la dichosa “actualización”.

Sólo a tontos y egoístas de vista corta puede satisfacer la restauración capitalista, sin capital, a paso de tortuga, por el camino más tortuoso y sin derecho a nada, a la que nos arrastran los generales y los tecnócratas. Ni siquiera llegaremos, con timbiriches y todo, al punto en que estábamos en marzo de 1968. Y aquel no fue precisamente un tiempo ideal. Y eso que entonces estaban los subsidios que ahora nos retiran con gesto avaro y regañón.

Ni siquiera la sobreprotección de Papá Estado nos merecíamos. Sólo la vigilancia y las prohibiciones. Ahora, mantienen la primera y aflojan un poco las segundas, a ver si nos acomodamos como se pueda – y como permitan los CUC –, cerramos el pico, dejamos las majaderías, nos reconciliamos con el régimen y le permitimos un aterrizaje suave.

¿Y el socialismo? Ahora lo ves, y luego no. Sólo hay que voltear el cuello y mirar dos veces, por si no lo vuelves a ver más. Si es que acaso hubo socialismo. De cualquier modo, no se echará demasiado de menos, porque siguen las frases del Comandante en la TV y en el periódico Granma y el único partido es el PCC, que hasta parece una sigla soviética. Tanto como la planificación centralizada, de la que todavía hablan en el Politburó, pero para dirigir el mercadito socialista, tan pelado como los agro-mercados estatales. Total, lo que realmente importa es que el socialismo siga en los discursos, para asegurarnos que los logros sociales no se perderán. Resistan, aguanten – nos dicen –, que algo quedará. Y hasta habrá quien se haga ilusiones y aplauda. Como nos convencieron de que el capitalismo es tan malo…

Techo de vidrio

Friday, December 16th, 2011

Por Luis Cino Álvarez

La Habana. Hace varias semanas volví a ver por televisión “Techo de vidrio”, una película cubana de 1982 del director Sergio Giral, protagonizada por Susana Pérez, Samuel Claxton, Miguel Gutiérrez y Jorge Villazón.

Giral, que al parecer se había cansado de las películas de esclavos, luego que se daba oficialmente por terminado el quinquenio gris, en techo de vidrio volvió al más puro estilo del realismo socialista para deslizar cierta crítica social (dentro de la revolución, no faltara más) respecto al fenómeno de la corrupción.

Un jefe de obra, humilde, negro y de raíces marginales, es enviado a los tribunales por desviar materiales para que un trabajador pueda reparar su casa que se cae a pedazos. El caso conmueve a la abogada de la empresa constructora, aun más cuando descubre que el arquitecto principal de la empresa robó materiales para ampliar su residencia.

Como la película tenía un final abierto, han pasado casi 30 años y la corrupción lejos de disminuir ha alcanzado proporciones astronómicas en Cuba al punto de poner en peligro de extinción al socialismo verde olivo –lo dicen sus máximos dirigentes-, se me ocurre sería interesante hacer algo así como la secuela de Techo de vidrio. O para estar a tono, una segunda temporada, como se dice ahora.

En ella, se puede retomar la historia donde se quedó o reiniciarla ahora mismo. Da igual. En Cuba, 30 años no es nada. Si no lo creen, pueden preguntarle a los fiscales…

Si acaso pasó algo, el arquitecto se cayó para arriba, lo trasladaron de empresa y siguió a todo tren con el desvío de materiales. Hoy, él y su familia viven rodeados de comodidades burguesas. Le preocupa la nueva batida contra la corrupción, pero sabe que como en otras ocasiones, sólo es cuestión de esperar que baje la marea.

Sixto, el personaje que interpretaba Samuel Claxton, pasó varios años en el Combinado del Este, donde se reencontró con sus raíces marginales y sus santos, de los que se había apartado por el materialismo marxista que nunca supo a derechas en qué consistía. Cuando salió de la cárcel, su mujer lo había dejado. Empezó a trabajar como albañil y se tiró a la bebida. Comentan sus amigos –que ya no son tantos como antes- que se ve tan mal que da grima.

La abogada de la empresa, que interpretaba Susana Pérez, aunque abrumada por la decepción, se niega a dar su brazo a torcer. Ha cogido fama de extremista y chivatona entre sus compañeros de trabajo, que la rehúyen y la apodan “la contralora Bejerano”.

El argumento da y el momento es propicio. Echarle con todos los hierros a la corrupción siempre que no se pronuncie ciertos nombres ni se llegue al fondo del asunto, es oficialmente bien visto.

Como por la televisión cubana ya pasan las películas donde aparecen actrices y actores que se fueron del país, porque si no apenas podrían exhibir cine nacional, y dicen que los mandarines están al suavizar sus leyes migratorias, no creo que haya demasiados problemas en que los papeles de la abogada y el arquitecto los vuelvan a interpretar Susana Pérez y Miguel Gutiérrez.

Vale la pena intentar la segunda temporada de “Techo de vidrio”. De cualquier modo, es sólo una sugerencia, por si a alguien le interesa.

Guerra de caníbales

Thursday, December 8th, 2011

Por Luis Cino Álvarez

La Habana. En Cuba ya empezó la guerra civil. Estalló hace más de 20 años, justo cuando empezó el periodo especial. Aunque pensándolo bien, quizás empezó una década atrás, en 1980, frente a la reja de la embajada de Perú en La Habana.

No me refiero a la guerra entre el régimen y sus opositores. Esa que todavía ensayan con vesania nazi en los mítines de repudio y en las barbaridades sucias de la Seguridad del Estado – la represión es la guerra por otros medios- y que inevitablemente también llegará si los mandarines siguen resueltos a no dar su brazo a torcer y no deponen su prepotencia egoísta.

Hablo de la guerra cotidiana de todos contra todos en que nos hemos enfrascado, porque con tantos problemas y diferencias, hemos llegado a odiarnos y a pedirnos la cabeza los unos a los otros, y sólo nos calmamos un poco cuando vemos que empieza a correr la sangre. Por suerte, todavía nos conformamos con poca. La que brota de unos labios partidos de un puñetazo, de la cabeza partida por una pedrada. También hay puñaladas y machetazos, asestados sin demasiadas ganas, más que nada por no hacer el papelazo de sacar el hierro y no usarlo. Pero últimamente, en demasiados casos, la sangre llega al río y un poco más allá.

Estamos listos a manotear y gritar como energúmenos y abalanzarnos sobre el enemigo –que puede ser cualquiera- y hacerlo papilla. En definitiva, nos enseñaron desde que éramos pioneros por el socialismo, prospectos del hombre nuevo, que al enemigo hay que aniquilarlo.

Si ya no sabemos discutir ni de pelota, cualquier motivo es bueno para pelear. Las broncas estallan por cualquier razón o sin ella. Lo mismo a bordo de una guagua atestada que en el hogar donde ya no cabemos. Peleamos, como perros y gatos –la diferencia es que los animales tienen límites para sus rencores- por la comida, las mujeres, la casa, el dinero que nos deben o porque ese tipo nos miró atravesado.

Pelean, con todo lo que venga a mano y muchas ganas de pelear, los muchachos de Jaimanitas contra los de Santa Fe, los que hacen cola en un comercio de Regla cuando descubren que está a punto de acabarse la mercancía, los que salen borrachos y cansados de bailar del Periquitón del Moro, los reclusos que se quedaron con hambre en el comedor de la prisión de Valle Grande porque los guardias prefieren llevarse la comida para alimentar a sus puercos…

Las mujeres llevan la peor parte en esta contienda. Sus maridos las zarandean y remachan a golpes por cualquier motivo. Y ni se les ocurre hacer la denuncia, porque la policía les dirá el consabido “entre marido y mujer nadie se debe meter”. Eso, a pesar del Código de la Familia, las Casas de Orientación de la Federación de Mujeres Cubanas en cada municipio, los simposios sobre violencia de género, los spots televisivos y las telenovelas con pretensiones didácticas.

Da gusto ver como todos, tan machos que somos, empujamos a las mujeres, incluso embarazadas o con bebés cargados, a las ancianas y los niños, a la hora de trepar a la guagua que demoró 50 minutos en pasar.

Nunca la policía ha tenido tanto trabajo y lo ha hecho tan mal. Será porque se siente odiada, porque también está podrida hasta el tuétano. Su disciplina de tonfa y spray pimienta no logra garantizar la tranquilidad ciudadana, si no todo lo contrario.

En el mejor de los casos, la policía ha quedado para recoger los muertos. Como los vimos hacer en mi barrio, hace unos días, cuando recogieron de madrugada, sin demasiada prisa ni interés, el cadáver de Jorge, un muchacho de 15 años que mataron a tiros y puñaladas, delante de su madre, la víspera de Santa Bárbara. Vivía en el Callejón del Reparto Eléctrico y volvía de una fiesta en los edificios al fondo del reparto que llaman el Tercer Mundo. Dicen que tuvo líos con un grupo de abakuás recién juramentados, casi de su edad, que lo persiguieron desde la fiesta hasta las cercanías de su casa. La madre salió a la acera cuando sintió los gritos. Presintió que el problema era con su hijo. Faltó poco para que la mataran a ella también.

¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo fue que nos convertimos en una horda de caníbales? ¿A quien culpamos de esta violencia -la “conocida ultra violencia”, diría Anthony Burguess- que no sabemos cómo parar? ¿Al reguetón o a las películas americanas?

Quiénes del familión pueden vivir en La Habana

Friday, December 2nd, 2011

Por Luis Cino Álvarez

La Habana. Hace una semana advertía en mi blog acerca de la eventualidad de que los mafiosos de la Dirección de Vivienda, ahora que parecía que con el Decreto Ley 288 se le iba a poner malo el negocio de sus trapicheos, se dedicaran a extorsionar a las personas del interior del país sin residencia legal en La Habana que están obligadas a solicitar su autorización para realizar cualquier trámite domiciliario en la capital.

Pero casi al tiempo que colgaba mi post, el gobierno anunció (aunque el decreto estaba firmado desde el 29 de octubre) la flexibilización de las normas de la migración interna hacia la capital que estaban vigentes desde 1997.

Ojala el paso de las reformas raulistas siempre fuera más rápido que el de nuestras críticas. Como por ejemplo, en la eliminación de los permisos del MININT para viajar, que dicen algunos ya se aprobó, pero que parece no se atreven a poner en práctica. Pedir audacia y agilidad sería exigir demasiado a una elite anciana, testaruda y prepotente.

No hay que ilusionarse demasiado con los decretos-leyes del general-presidente. Por muy esperados que sean algunos de ellos y aunque nos alivien un poco la asfixiante maraña de prohibiciones y obligatoriedades, siempre quedan muy por debajo de las expectativas de la población. Eso, por no hablar del temor a la trampa que uno siempre espera de Papá-Estado, con su proverbial mezquindad a la hora de conceder mercedes a sus súbditos.

Ahora mismo, la flexibilización de las normas que limitaban la migración a la capital que dicen “de todos los cubanos”, no significa el fin de la ley 217 que durante 14 años permitió deportar –muchas veces por la fuerza- a sus lugares de origen a las personas, fundamentalmente de las provincias orientales, que no tuvieran el permiso oficial para asentarse en La Habana. La enmienda deja claro que “se mantienen las causas y condiciones que en su día motivaron la adopción del referido decreto”.

La anunciada flexibilización se limita a exceptuar de las mediciones de metros y dictamen de habitabilidad por Arquitectura y Urbanismo a los cónyuges, hijos, padres, abuelos, nietos e hijastros menores de edad del titular de la casa donde residirán en La Habana, las personas jurídicamente incapaces y la familia de la persona a la que el estado entregue un inmueble “por interés estatal o social” (que ya sabemos quiénes son).

Así, Papá-Estado se arroga el derecho –con lo familiares y querendones que somos los cubanos, en especial los del campo- de determinar quiénes son de la familia y quiénes no. Imagino cómo caería la bomba allá por Mayarí, Alto Songo y Baracoa, cuando supieron que los tíos, primos y sobrinos, no son tenidos en cuenta en el familión (revolucionario, no faltara más) digno de morar en La Habana “que no aguanta más”.

Las nuevas reglas del juego para vivir en la capital están cantadas. Que se preparen “los palestinos”-¡vaya nombrete odioso!- que quedaron por decreto fuera del derecho a vivir en casa de sus parientes a pagar sobornos a inspectores y funcionarios corruptos para que les abran las puertas de la capital.

Que no se preocupen los burócratas mafiosos de la Dirección de Vivienda que con el decreto ley 288 temían quedarse sin tener cómo ni a quién extorsionar. Los llega y pon que rodean La Habana están llenos de orientales (se calcula que sean alrededor de 120 mil). Y los que están por venir en busca de mejores condiciones de vida o simplemente para reunirse con sus familias, hacen cola en las terminales o avanzan ya, con sus matules, por las Ocho Vías. Los moradores de las villas miseria, si no quieren ser extraídos –la revolución, siempre pródiga en eufemismos, no desaloja, extrae, así sea con buldócers y policías de la Brigada Especial-, que los monten en un tren o un camión y los envíen de vuelta a sus poblados y caseríos, tendrán que preparar el bolsillo. Ya les dirán cuánto cuesta.

Un país de machos remachos

Saturday, November 12th, 2011

Por Luis Cino Álvarez

La Habana. Es proverbial la competencia entre México y Cuba, además de por la paternidad del bolero, por ver cuál de las dos sociedades es más machista. Se podría suponer que con tanta propaganda acerca de la emancipación de la mujer en más de medio siglo de socialismo, Cuba quedaba en desventaja, casi fuera de competencia en cuanto a machismo. Pero no.

La lid sigue apretada. Allá los machos remachan a golpes a sus mujeres por cualquier motivo; aquí también, a pesar del Código de Familia, la Federación de Mujeres Cubanas, el CENESEX y de “las iguales oportunidades para todos sin distinción de género” de que se habla. Las golpean porque los contradicen, porque no hay comida, porque el dinero no alcanza, porque son muchos en la casa, porque están borrachos, porque todo es una mierda…

En Ciudad Juárez aparecen mujeres asesinadas y no atrapan a los asesinos. En La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba, a las opositoras no las matan, pero corpulentos agentes de la policía política y sus porristas disfrazados de “pueblo indignado” las zurran a la vista de todos, en plena vía pública.

A tiros y bombazos se hizo una revolución de machos, que no aceptaba a melenudos, maricones ni blandengues pequeño-burgueses con problemas ideológicos. A las féminas las vistió de milicianas o con toscas ropas de caki y sombreros de guano o pañuelos de koljosiana en la cabeza, las montó en camiones, rumbo a los cañaverales o las construcciones, a hacer trabajo voluntario.

Para sus testosterónicos dirigentes es demasiado duro admitir que sean precisamente mujeres, casi todas nacidas después de la revolución, las que para reclamar libertad, les tomen las calles – llenas de baches, escombros, basura y aguas albañales – que dicen son de Fidel y los revolucionarios.

De ahí la saña con que tratan a las Damas de Blanco, las periodistas independientes y las activistas de la oposición que se atreven a desafiar al régimen de las puertas de sus casas para afuera, que es donde más les duele. Curiosamente, a ellas las reprimen con más violencia que a los hombres. Y estoy seguro de que no es porque sean físicamente más débiles, sino porque les temen y les irritan más.

A propósito, ¿por qué será que desde los tiempos del yate Granma y la guerrilla en la Sierra Maestra, a los jefes de quienes ordenan apalear a las opositoras, les gustan tanto las canciones mexicanas? Quiero decir las de charros bien machos, de bigotón y revólver, no las de Juan Gabriel, como creyó hace años cierto despistado que quiso agasajar al Comandante durante una Cumbre Iberoamericana.

En Cuba, un país tan excepcional, el machismo viste nuevos ropajes. Y no lo digo sólo por los muchachos que con el mismo desenfado que se tatúan un eribanga en la espalda o se clavan un piercing en la lengua, se depilan el pecho, besan en la mejilla a sus aseres, ponen a jinetear a sus novias – que tratan como a perras y ellas tan contentas – o le meten una puñalada a cualquiera para demostrar que son hombres a todo.

También el machismo recupera el terreno que nunca perdió del todo entre las mujeres, que se ven obligadas a renunciar a su independencia y su dignidad porque la economía aprieta. Así, tienen que aceptar que los machos las pongan en el papel de objeto sexual, desde que las piropean en las aceras, las acosan en la oficina o la fábrica o se las llevan a la cama por mucho menos de lo que cuesta un par de zapatos o un almuerzo en La Cecilia.

Por algo dijo lo que dijo la Princesa Mariela, tan frívolamente risueña, cuando fue a Ámsterdam – no a comprar marihuana de la buena, la que no ligan con yerba de parque, sino al barrio de las putas – acerca de las cubanas que se prostituyen para que les arreglen el baño. Igual que con el plomero pudo decir con el carnicero, que sabemos – ¡ay, Juan Formell! – que es un cancha, el director de la empresa, el jefe de sector o el maceta que le dé para comprar comida para sus hijos. Pero no sabemos si la princesa conoce esas historias, porque la del plomero se la debe haber contado alguna loquita de su séquito y a lo mejor hasta creyó que era un chiste.

Sólo nos queda esperar por los bayuses de cuentapropistas, con licencia e impuestos de la ONAT. Como se supone que nuestras putas sean las más instruidas del planeta, sólo les hará falta exhibir, además del certificado de salud, una carta del Comité de Defensa de la Revolución.

Anunció el cardenal Jaime Ortega en la TV – ¿vieron cómo la complacencia cardenalicia con el régimen sirvió para ganar espacios a la Iglesia Católica? – que la procesión de la Virgen del Cobre llega a La Habana. Hasta el 30 de diciembre recorrerá todos los municipios de la capital. Esperemos que no se repitan los abominables actos represivos contra las Damas de Blanco y las opositoras. Pero es poco probable. Las mujeres ponen muy nerviosos a este régimen. Incluso la Santa Patrona de Cuba, que para colmo llaman la Virgen Mambisa. ¿Y si ahora que está de moda indignarse, la Virgen se indigna por la represión contra sus hijas y, cansada de tanto abuso, le da por empuñar el machete?

Trejo

Sunday, October 9th, 2011

Por Luis Cino Álvarez

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La Habana. Alérgico como soy a los términos grandilocuentes, no me gusta el uso indiscriminado de la palabra “mártir” para aludir a las víctimas de las luchas políticas y la represión de las dictaduras, si no ha habido un real martirologio de por medio. Por muy dramática que sea la muerte en cualquier circunstancia, es evidente que no es lo mismo ser matado a balazos que ser crucificado, quemado en la hoguera, despedazado por los leones en el Coliseo de Roma, padecer torturas o soportar el hambre y la sed durante semanas, como suelen hacer los presos en las dantescas cárceles cubanas como extremo modo de protesta.

Pero en Cuba se usa -y abusa- de la palabra mártir para referirse a los muertos en las luchas revolucionarias, que son presentadas invariablemente por la historia oficial como una y la misma.

El colmo es cuando se habla de “de mártires asesinados” para aludir a personas que murieron en combate, con las armas en la mano.

De niño, solía escuchar a mis abuelos hablar de Rafael Trejo, considerado el primer mártir de la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933).

Adela y Rafael, los padres de Rafael Trejo, eran muy amigos de mis abuelos paternos, libertarios y rebeldes por naturaleza, y de sus hijos Graziella, mi tía, y Enrique, mi padre. Fue una amistad forjada entre proclamas, tiros, petardos, escondites y persecuciones policiales, y resistió todos los embates de la vida durante más de 40 años.

Rafael Trejo murió el 30 de septiembre de 1930, durante una manifestación -la descrita por Lezama en Paradiso-, a pocos cientos de metros de la escalinata universitaria, cuando forcejeaba con un policía y a éste se le escapó un tiro de su pistola que hirió mortalmente al estudiante. Si Trejo hubiera logrado quitarle el arma al policía, quizás el muerto no hubiera sido él sino el otro, el represor, pero entonces no lo hubieran considerado un mártir.

Felo, como lo llamaban mis parientes, tenía 22 años, estudiaba Derecho y le gustaba practicar el remo y la natación. Era compañero de aula de mi tía Graziella, que lo recordaba como “un trigueño muy lindo”, para nada parecido físicamente a su hermano menor, Mayito, menos atlético y con el que siguió la amistad durante décadas, hasta que ambos murieron en el exilio en los tados Unidos, desencantados de todas las revoluciones habidas y por haber.

Antes de mudarse para la Habana Vieja, los Trejo vivían en una mansión de tres pisos en la calzada de Diez de Octubre, entre las calles Luz y Altarriba, en La Víbora, a unos 400 metros de la casa de mis abuelos. Cuando pasábamos por allí, me decían: “Mira, en esa casa nació Rafael Trejo”, pero yo miraba y no veía sino la cuartería en que la habían convertido, que necesitaba desesperadamente una reparación general y una mano de pintura, además de agua en las tuberías para que los vecinos no tuvieran que cargar el agua en cubos.

Al viejo Trejo, que fue concejal por el Partido Auténtico, no lo conocí. Murió antes que yo naciera. Pero a Adela la recuerdo como una viejita bondadosa que visitaba mi casa -o nosotros la de ella- con frecuencia. Adela Trejo y María Luisa Laffita, una veterana de la Guerra Civil Española, eran como hermanas de mi abuela Margot, a las que sus nietos llamábamos tías.

También veíamos a veces a Mayito Trejo y a su mujer, la dulce Margarita, que lo consolaba de su problema de la visión. Había sufrido un desprendimiento de retina y hacía complicadas e interminables gestiones para que lo dejaran ir a operarse a Alemania Oriental.

Adela murió en 1964. A pesar de que la quisieron utilizar como “madre de un mártir”, no le fue bien con el nuevo poder revolucionario. Cuando era muy niño, recuerdo la indignación de mi abuela porque Adela se le hizo sospechosa al G-2, que olía complots contrarrevolucionarios dondequiera, e hicieron un registro en su casa en busca de armas. Durante horas, lo viraron todo al revés. Adela se puso muy nerviosa y tuvo diarreas. Cuando pidió permiso para ir al baño, le advirtieron que tenía que dejar la puerta entrejunta. Un esbirro vigiló la puerta hasta que terminó. A ella se le caía la cara de vergüenza. Finalmente, no hallaron nada comprometedor y se fueron luego de pedir disculpas “por las molestias ocasionadas”.

“¡Hijos de puta!”, exclamó mi abuela cuando lo supo. Fue peor cuando mi padre y mi abuelo trataron de calmarla explicándole que debía ser una confusión. “¡Error ni cojones!”, gritó. “¡Abusadores y falta de respeto como son! ¡Coño, Felo no murió para esta mierda!”. Creo que fue el primero de sus muchos desencuentros con la revolución de Fidel Castro.