El apartheid elegante
Por Juan González Febles
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La Habana. La discriminación racial avanzó en su Némesis internacional con el fin del apartheid en Sudáfrica y la apoteosis de Nelson Mandela. Esta forma de segregación por motivos raciales, fue condenada en todos los foros. La discriminación por motivos raciales, ha sido rebasada en gran medida y esto es un logro para todo el mundo civilizado. Para remachar la victoria, la elección de Barack Obama en los Estados Unidos, ha contribuido notablemente a pasar definitivamente esta lamentable hoja.
Pero sobre segregaciones queda aún mucha tela por cortar. Al igual que la rebasada Sudáfrica, Cuba o su gobierno, mantiene estructuras económicas, sociales y políticas diseñadas sobre un modelo segregacionista. Este modelo prevé que quienes no respalden al régimen militar totalitario establecido, vean restringidos sus derechos y queden en una categoría de ciudadanos de segunda clase.
El modelo de apartheid cubano prevé entre otras cosas, exclusión de la educación superior para todos aquellos que no comulguen con la orientación política gubernamental. Las exclusiones abarcan además, mejores oportunidades de empleo, acceso limitado o simplemente vetado de oficio a áreas tales como la cinematografía e incluso vetos terminantes para residir en determinadas zonas de la capital reservadas sólo para los autorizados, que son en la práctica seguidores fieles de las doctrinas oficiales.
Las diferencias entre el proscrito apartheid sudafricano y el tolerado apartheid político cubano, son meramente formales. Basta sustituir la palabra negro por la palabra desafecto. Este apartheid político se enmascara con el chantaje velado por campañas mediáticas internacionales de solidaridad, vinculadas al envío de médicos y otros profesionales especializados a regiones peligrosas e inhóspitas de estados fallidos del tercer mundo. Internamente, se logra a partir de la compulsión que impone la miseria imperante, unida a una no menos efectiva depreciación de la mano de obra calificada.
Privados de garantías consagradas en un estado de derecho, la única vía para progresar social y profesionalmente, está dada en demostrar fidelidad incondicional a la dirigencia histórica de la dictadura y a las políticas orientadas por esta. Quien no comulgue con lo antes descrito, se verá relegado a la condición del paria.
Una médica de familia que se prepara para viajar a Venezuela, Mirta C., nos dice: “Si me sale bien todo me voy para Venezuela. Voy a resolver todas las cosas que necesito desde teléfono, hasta vivienda. Si, no me importa que digan que soy oportunista. Si hiciera falta, hasta me hago militante y ya está. ¡Alguien deberá velar por mi familia y esa soy yo…!”
Las respuestas son siempre similares. Opinar diferente es en Cuba motivo para ser tratado de forma diferente. Pero curiosamente, como no se trata de apartheid racial, nadie lo echa a ver fuera de Cuba.
Más allá de la práctica impuesta de criminalizar el actuar ciudadano independiente, existe un apartheid ideológico, del cual sólo es posible escapar a partir de la envilecedora doble moral y el subterfugio.
En Cuba se politizan las oportunidades de avance y despegue social y económico. Más allá de la pretendida igualdad que proclama la siempre incumplida o violada constitución, se impone una feroz discriminación dirigida contra el pensamiento libre de los ciudadanos.
Ahí están los cuestionarios laborales y los expedientes acumulativos que emplea el sistema de educación para la admisión de nuevo personal. Pueden leerse las preguntas capciosas con que se investiga la filiación política de los aspirantes.
“El trabajo en una corporación, en la aviación civil, en la cinematografía, servicios médicos o de cualquier tipo a extranjeros, la televisión, el servicio diplomático, cuerpos armados y de seguridad de la república y cualquier otra área que resulte atractiva, está reservado a personas ‘confiables políticamente’, quien no llena estos parámetros, pierde su tiempo si trata de acceder a plazas de esta índole”. Así concluyo con esta afirmación de un dentista, que gestiona su ciudadanía española y no quiso identificarse para la publicación de este trabajo. Compréndanlo, el tipo se quiere ir.
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