Impidamos un baño de sangre en Honduras
Escrito en July 5, 2009
Sección Archivo, Exclusiva, Opinion, RM |
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El embajador norteamericano en Honduras, Hugo Llorens, un diplomático extremadamente competente, intentó con toda seriedad que el Congreso no destituyera al presidente Manuel Zelaya. Cuando se le agotaron los argumentos y las presiones, hizo algo que lo enaltece ante lo que parecÃa inevitable: protegió en su residencia al hijo del gobernante para salvarlo de cualquier desenlace violento.Afortunadamente, la expulsión de Zelaya de la presidencia y del paÃs ocurrió de manera incruenta. No fue exactamente un golpe militar: el ejército obedeció las órdenes de la Corte Suprema ante las continuadas violaciones de la ley de un gobernante empeñado en hacerse reelegir, aunque violara la Constitución, y en arrastrar al paÃs al campo chavista del ‘’socialismo del siglo XXI” contra la voluntad de sus compatriotas.
No obstante, parece que todavÃa hay algo peor que el deprimente espectáculo de un presidente libremente electo que es forzado a abandonar el paÃs a punta de fusil: tratar de imponer su regreso por la fuerza. Si Zelaya pone un pie en el paÃs lo van a detener y acusar de diecisiete delitos diferentes que probablemente ha cometido. Lo van a encarcelar y va a ser muy embarazoso para quienes, irresponsablemente, decidan acompañarlo en esa loca aventura.
Esto es gravÃsimo. Esa situación, agitada por Hugo Chávez y por Daniel Ortega, que ya hablan de invasiones y de recurrir a la fuerza, puede desencadenar un baño de sangre en el paÃs y destruirÃa la débil institucionalidad polÃtica trabajosamente lograda desde hace tres décadas, cuando terminó, felizmente, la época de las dictaduras militares. Lo ha dicho Peter Hakim, presidente del Diálogo Interamericano, sin abandonar su condena enérgica a la forma en que fue destituido: “Zelaya está peleado con todas las instituciones del paÃs. Realmente, él no está en condiciones de gobernar”.
Y es cierto. Según el encuestador mexicano Mitofsky, en una investigación llevada a cabo en abril, el gobernante más impopular de América Latina era Manuel Zelaya. Sólo el 25% del paÃs lo respaldaba, mientras otra encuesta diferente revelaba que el 67% jamás votarÃa otra vez por él. ¿Por qué? Porque los hondureños le achacaban una profunda corrupción, le suponÃan vÃnculos con el narcotráfico, especialmente el proveniente de Venezuela, como revela el ex embajador norteamericano ante la OEA Roger Noriega en un documentado artÃculo publicado en su blog, y porque la violencia y la pobreza, los dos grandes flagelos que castigan al paÃs, han aumentado dramáticamente durante sus tres años y medio de gobierno.
Sencillamente, la inmensa mayorÃa del paÃs, sin exceptuar a los sectores más populares, los dos grandes partidos polÃticos (incluido el del propio Zelaya), las iglesias cristianas, los otros estamentos del Estado y las fuerzas armadas no lo quieren como presidente, aunque todos concordaban en que debÃa terminar su mandato y dejar el poder en enero de 2010. Sin embargo, no estaban de acuerdo en que vulnerara las leyes para tratar de perpetuarse en la presidencia, como ha hecho Hugo Chávez y tratan de hacer Daniel Ortega, Evo Morales y, probablemente, Rafael Correa. Los hondureños, sin la menor duda, no quieren seguir el camino del caudillismo colectivista y antioccidental, aliado a Irán, Cuba y a Corea del Norte, que preconiza Hugo Chávez.
¿Qué hacer en estas circunstancias? Lo peor, insisto, es recurrir a la fuerza contra la voluntad del propio pueblo. El gobierno del presidente interino Roberto Micheletti ya está llamando a los reservistas y el ejército se prepara para defender la soberanÃa nacional. Se calienta el discurso nacionalista y empieza a forjarse entre los ciudadanos una mentalidad de ”defensa de la patria” frente a los enemigos exteriores. La inmensa mayorÃa piensa que en el extranjero, hábilmente impulsados por los chavistas, se está preparando una agresión, en la que inexplicablemente esta vez están implicados los norteamericanos del lado de los enemigos de la democracia y el respeto a la ley. Si estalla el conflicto, uno de los paÃses más pobres de América sufrirá la sangrÃa que ya padecieron Guatemala, El Salvador y Nicaragua durante la guerra frÃa.
Sin embargo, hay una solución satisfactoria al alcance de casi todos: adelantar las elecciones generales previstas para noviembre. Ya existen los candidatos, libremente elegidos en primarias abiertas, y ambos gozan de mucha popularidad. ¿Para qué precipitar irresponsablemente a esa sociedad en un torbellino de violencia? Una vez seleccionado el nuevo gobierno, provisto de la legitimidad que genera un proceso democrático, los hondureños podrán dejar en el pasado este lamentable episodio. Eso es lo mejor para casi todas las partes en conflicto. Mel Zelaya habrÃa perdido la partida, pero los hondureños no pagarÃan con su sangre el precio de los errores y las violaciones de la ley de un mal gobernante.
Firmas Press
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Anà lisis muy correcto. Desafortunadamente, la Historia enseña que muy pocas veces prevalece la razón, especialmente cuando, como en este caso, todos los poderes parecen estar alineados contra el pueblo de Honduras. Y todavia dicen que la Historia no se repite!
A los cubanos nos hicieron lo mismo hace casi ya medio siglo, cuando un flojo, o traidor, vaya usted a saber que, se sentaba en la Oficina Oval. Pobre Honduras; el baño de sangre parece ahora inevitable.